Retiro Espiritual Nacional OCDS

Diseño:  Adriana Cely /OCDS Ntra. Sra. del Monte Carmelo
Diseño: Adriana Cely /OCDS Ntra. Sra. del Monte Carmelo

Agradecemos la puntualidad y el silencio en cada una de las actividades

"Alabado seas, mi Señor"

Especial con motivo de la preparación al "Retiro Nacional OCDS" 17 a 20 de agosto, Villa de Leyva, Boyacá 

(Revisa los documentos de estudio en la pestaña "Cartas y Documentos")

Capítulo 1

Capítulo 3

Capítulo 5

Capítulo 2

Capítulo 4

Capítulo 6


Estudio del Salmo 8

 

¡Oh Yahveh, Señor nuestro, qué glorioso tu nombre por toda la tierra!

Tú que exaltaste tu majestad sobre los cielos, en boca de los niños, los que aún maman,

dispones baluarte frente a tus adversarios, para acabar con enemigos y rebeldes.

Al ver tu cielo, hechura de tus dedos, la luna y las estrellas, que fijaste tú,

¿qué es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo de Adán para que de él te cuides?

Apenas inferior a un dios le hiciste, coronándole de gloria y de esplendor;

le hiciste señor de las obras de tus manos, todo fue puesto por ti bajo sus pies:"

Orden de las lecturas de la Encíclica Laudato Si

Foto: https://sostenibilidad.semana.com
Foto: https://sostenibilidad.semana.com

Comunidad Seglar de Nuestra Señora del Monte Carmelo, Bogotá

 

Primera reunión 

Introducción con el Salmo 8 

 

Segunda reunión

Introducción a la encíclica

Capítulo primero “Lo que le está pasando a nuestra casa”

 

Tercera reunión 

Capítulo segundo “El evangelio de la creación”

 

Cuarta reunión 

Capítulo tercero “La raíz humana de la crisis ecológica”

 

Quinta reunión 

Capítulo cuarto “Una ecología integral”

 

Sexta reunión 

Capítulo quinto “Algunas líneas de orientación y acción”

 

Séptima reunión 

Capítulo sexto “Educación y espiritualidad ecológica”

 

Octava reunión 

Oración interreligiosa por nuestra tierra

Oración cristiana con la creación

 

Novena reunión 

Cántico espiritual: estrofas selectas de san Juan de la Cruz 

 

 

NOTAS:

  • La lectura de los capítulos de Laudato Si´ se realizaran de forma personal y en las reuniones se discutirán las preguntas e inquietudes que la lectura incitó en nuestro interior. 
  • Al inicio de cada reunión se distribuirán algunos pasajes de la Biblia para contrastar nuestra discusión con el texto sagrado. 

(Revisa los documentos de estudio en la pestaña "Cartas y Documentos")

 

ÉL es el pan bajado del cielo

Santo evangelio según san Juan (6,41-51)

Foto: http://mvcweb.org/
Foto: http://mvcweb.org/

 

En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?» Jesús tomó la palabra y les dijo: «No critiquen. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios.” Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Yo les aseguro: el que cree en mí tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros (Sus) padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»Palabra de Dios.

 

Reflexión

 

La liturgia de este domingo tiene como tema central la Eucaristía, el pan vivo bajado del cielo. Ya desde el Primer Libro de los Reyes, la experiencia de Elías es una prefiguración del pan de Vida, una invitación a «levantarnos y comer». La segunda lectura tomada de la carta a los Efesios nos exhorta a ser buenos, a llevar a la práctica los efectos que produce Dios en el corazón del hombre, una invitación a ser «imitadores de Dios», entendiendo la imitación como una transformación que el Espíritu divino realiza en nuestro interior para realizar las obras de Dios.

 

El evangelio de san Juan, en continuación con los domingos anteriores, nos presenta el discurso del pan de Vida, y hoy nos muestra la confrontación de Jesús con los fariseos. El primer enfrentamiento del que se nos habla, tiene que ver con el origen de Jesús. Cuando Jesús dice que Él es el pan bajado del cielo, está implícitamente expresando su trascendencia. Los fariseos conocían su origen, sabían que su padre era José y su madre María, por eso se preguntan: «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?».

 

El problema de este grupo de hombres radica en no ser capaces de reconocer el origen divino de Jesús, no pueden aceptarlo. Eso mismo es lo que nos puede estar pasando hoy. Estamos llamados a dejarnos atraer por el Padre para comprender a la persona de Jesús. Aceptar a Jesús significa comprender que Él es el pan de Vida, un pan superior al maná en el desierto. Por eso es necesario comerlo, comer su pan, comer su carne, como aceptación de su persona, como punto esencial para unirnos a Dios. A través de esta comida se establece una relación profunda entre Jesús y su seguidor. De ahí que estamos llamados a aceptar la invitación a comer de su pan, de su carne, es decir, de su Vida para vivir.

 

El evangelio de hoy nos interpela sobre cómo estamos aceptando la totalidad de la persona de Jesús, Dios y hombre. Solo en Él podemos tener vida, solo por Él y en Él tenemos acceso a la divinidad. Dejémonos atraer por el Padre y aceptemos a Jesús como el único dador de vida por su Espíritu.

 

Fray Jairo Gómez Díaz O.C.D

 

Revista Vida Espiritual

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Creer es una obra de Dios

Foto: https://minutodedios.fm
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Santo evangelio según san Juan (6,24-35)

 

En aquel tiempo, al no ver allí a Jesús ni a sus discípulos, la gente subió a las barcas y se dirigió en busca suya a Cafarnaún. Al llegar a la otra orilla del lago, encontraron a Jesús y le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?»  Jesús les dijo: «les aseguro que ustedes no me buscan porque hayan visto las señales milagrosas, sino porque han comido hasta hartarse. No trabajen por la comida que se acaba, sino por la comida que permanece y les da vida eterna. Ésta es la comida que les dará el Hijo del hombre, porque Dios, el Padre, ha puesto su sello en él.» Le preguntaron: «¿Qué debemos hacer para que nuestras obras sean las obras de Dios?» Jesús les contestó: «La obra de Dios es que crean en aquel que él ha enviado.»  «¿Y qué señal puedes darnos –le preguntaron– para que, al verla, te creamos? ¿Cuáles son tus obras? Nuestros antepasados comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: “Dios les dio a comer pan del cielo.”» Jesús les contestó: «les aseguro que no fue Moisés quien les dio el pan del cielo. ¡Mi Padre es quien les da el verdadero pan del cielo! Porque el pan que Dios da es aquel que ha bajado del cielo y da vida al mundo.»Ellos le pidieron: «Señor, danos siempre ese pan.» Y Jesús les dijo: «Yo soy el pan que da vida. El que viene a mí, nunca más tendrá hambre, y el que en mí cree, nunca más tendrá sed.» Palabra del Señor.

 

Reflexión

 

Desde el pasado domingo la acción principal del evangelio es mostrar el camino por el que la persona llega a creer. ¿Qué es creer? ¿Tiene sentido creer? ¿Qué significa creer hoy? En efecto en nuestros días es necesaria una interrogación profunda por la fe que comprenda el conocimiento de la verdad y los acontecimientos de la salvación como bien lo dice el evangelio de san Juan en esta ocasión, pero sobre todo, donde emerja un verdadero encuentro con Dios en Jesucristo. Los textos de la liturgia dominical evidencian signos de bien y junto a ellos el crecimiento de un desierto espiritual. A veces está la sensación de no crecer junto a los signos de bien, de estar perdido en la inmensidad espiritual, de detenerse al no encontrar una salida como si una sombra cubriera toda la realidad del camino. Sin embargo la lucha consiste en ser cada vez mejores seres humanos, aquellos que no viven del interés y el bienestar personal sino de un elocuente enamoramiento de Dios como lo muestra el evangelio.

 

La pregunta de la gente “Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?” muestran cómo el proceso de la fe ve a Jesús en categorías de un maestro o quien puede proponer un camino distinto para el encuentro con Dios, sin embargo el detalle de preguntar por su llegada manifiesta aun la falta de la certeza del Salvador en medio de la vida humana, trivializa el momento puntual de su llegada. En efecto el narrador lleva al lector a darse cuenta que Jesús interpreta la búsqueda de la gente no como una motivación por el signo del milagro sino como una necesidad de disfrutar el pan que les ha dado. Entonces, una vez más se intuye que el proceso de la fe muchas veces es conveniente y carente de profundidad. Es así como Jesús toma su lugar de maestro para enseñar de nuevo que no se trata de un trabajo por el pan perecedero sino por el alimento que en verdad tiene duración eterna. Con toda certeza se deben tomar las palabras ya pronunciadas antes, allí donde Jesús afirma tener un alimento que no es conocido (4,32-34) pero que será suficiente para creer y ser uno con Dios. En este caso Jesús quiere hacer entender que el alimento celestial trasciende el alimento material y éste debe ser el objeto de búsqueda del cristiano.

 

Jesús es el único que revela a Dios (3,13) con el fin de darlo a conocer a todos (1,51). Ahora bien, la aceptación o rechazo de esta manifestación depende de cada uno, de su apertura, docilidad y fidelidad a un proyecto de salvación puesto en manos de cada persona para su debida administración como bien lo refiere san Pablo. Junto a todo este argumento se presentan en el evangelio diferentes cuestiones, todas ellas importantes, sin embargo el detalle del evangelista por mostrar el futuro haciendo ver que “el Hijo de Hombre dará” el pan, hace interrogar la fe sobre cuándo se debe creer: ¿hoy? ¿Mañana? ¿Al final de la vida? Muchos en realidad se debaten en este punto, quizás no sea tan importante como sí lo es entender que la promesa del alimento se corresponde con la fe de Israel, con la fuerza de saber que en medio del desierto Dios sigue haciendo el camino y que en la ausencia de pan el Señor siempre será pan vivo para satisfacer el alma.

 

El evangelista advierte que la muchedumbre intenta pasar por alto la promesa del Hijo del Hombre al preguntar: “¿qué hemos de hacer para dedicarnos a las obras de Dios?”. El vínculo fundamental en este momento es entender que la cuestión depende de la fe para tener un acceso directo a Dios, así lo manifiesta Jesús en su respuesta dejando claro que el camino hacia Dios no se hace mediante el solo cumplimiento de la ley, sino que para acceder a Dios es necesario hacerlo por el Hijo, que es quien lo da a conocer, por tal razón la única forma de entrar en la obra de Dios es creer en quien él ha enviado (v. 29). La gran dificultad es vivir el proceso planteado por Jesús en el evangelio, o en otras palabras, entender que él sea la puerta para llegar al Padre, por esta razón está dicho en el texto que no sólo basta ver al Hijo sino que se necesita un signo dado por él para poder creer. San Juan muestra las condiciones de la humanidad para llegar a Dios, al parecer no es suficiente el Hijo sino también se requieren sus signos. La gente confía en la tradición (v. 31) y le piden a Jesús entrar en su lógica, sin embargo Jesús insiste en mostrar la nueva lógica del amor del Padre al enviar a su Hijo. Irónicamente los interlocutores de Jesús ponen en sus labios el texto con el cual dará la respuesta sin perder el centro del contexto pascual al que se dedica todo este capítulo 6.

 

El verdadero problema y la tensión del texto están dados en que Jesús presenta la novedad del cielo que es él mismo, mientras que la multitud defiende y se aferra a Moisés, el maná y la Torá como generadores de vida en Israel. Es decir, la muchedumbre no quiere abandonar el “alimento perecedero” para aferrarse al “alimento que no perece”. El signo pedido por la multitud implica una magnitud tan grande que les de la capacidad de creer por encima de la autoridad exclusiva de Moisés y la Torá. Por esta razón Jesús advierte a la gente que la importancia no debe ser puesta en Moisés sino en Dios y en su Hijo. No fue Moisés quien proporcionó el pan, sino Dios quien lo entregó para la vida de su pueblo y ahora entrega no el pan que se acaba sino a su propio Hijo que jamás dejará de existir. La tradición no puede opacar el sentido de Dios, no es correcto quitarle el protagonismo y ubicar en su lugar situaciones, sentimientos, recuerdos que mueren con facilidad. La fe es un exquisito don de Dios, es dada por él mismo, solo basta quererla recibir e incorporarla en la vida. No obstante, es importante decir junto a esto que la fe es un acto profundamente libre y humano.

 

Creer es fiarse con toda libertad y alegría al proyecto providencial de Dios; la fe es un asentimiento con el que la mente y el corazón pronuncian un constante sí para Dios, confesando que Jesús es el Señor, el Pan bajado del cielo. Este sí transforma la vida, le abre el camino hacia una plenitud de significado, la hace nueva, rica de alegría y de esperanza fiable. Jesús no quiere violentar a la “muchedumbre” solo quiere hacer hijos de Dios, aferrados a él, personas que narren la experiencia de la vida nueva, aquellos que hagan posible la presencia de Dios y que sostengan el camino de una vida que nunca tendrá fin. La fe nos llama a ser pueblo de Dios, a ser Iglesia, portadores del amor y de la comunión de Dios para todos, es decir, ser junto a Jesucristo el Pan bajado del cielo, el alimento de Dios Padre para sus hijos.

¿Qué es orar?

Foto: https://nuestrodios.com/oracion-para-milagros/
Foto: https://nuestrodios.com/oracion-para-milagros/

Te invitamos a algo tan sencillo como vivir la amistad con Jesús y cultivarla en el silencio, en el encuentro personal … en la oración. Como toda amistad, necesita algunas condiciones para que dure y se haga más fuerte. Para llegar a ser orante necesitas cuidar:

  • Tus relaciones con los demás
  • Tu relación contigo.
  • Tu relación con Jesús.
  • Y algo más: “determinada determinación”. Sólo si comienzas con decisión y entusiasmo, sin importarte las dificultades (que llegarán), con constancia, encontrarás los frutos duraderos de la amistad con Jesús.

Antes de empezar: Pasamos al momento concreto de la oración. Si quieres empezar de cualquier modo, puedes encontrar muchas dificultades. Para “ponernos en situación”, te pueden ayudar estas pequeñas pautas:

 

Busca un ambiente adecuado y silencio: Prepara un texto del Evangelio, quizá un símbolo, un canto o alguna imagen: te ayudará a fijar la atención en Jesús.Toma una postura relajada que te ayude a centrarte, a situarte desde dentro. Poco a poco, toma conciencia de tu respiración, de tu cuerpo, de tu interior para estar en ti sin dispersión. Centra ahora tu atención en Jesús, en su presencia amorosa en ti y en todo.

 

Entrando en la oración: Ahora tienes que encontrar tu propio modo de orar, según tu modo de ser, tu sensibilidad y tu situación. Lo importante está en volvernos a Jesús, contemplarle y penetrar en su misterio con ayuda de su Espíritu.

 

Te pueden servir estas sugerencias:

  • Representarlo vivo en tu interior
  • Mirarle adentrándote en alguna de las escenas evangélicas
  • Contemplar una imagen de Jesús o repetir una frase breve que exprese lo que quieres decirle
  • Recitar muy pausadamente el Padre nuestro, su oración, saboreándola
  • Es bueno discurrir un rato, profundizar, comprender… pero esto no debe ser el centro del orar. La amistad es cosa del corazón.

Más adentro: El centro de nuestra oración es la persona de Jesús. No importa cómo hayas entrado, la clave está en permanecer a su lado, dejarte mirar, escucharle, acoger su luz para conocerle a Él, penetrar en su misterio desde tu propio corazón y dejarte envolver por su presencia.“Estate allí, acallado el entendimiento, mira que te mira, acompáñale y habla y pide y regálate con Él. Pídele que aciertes a contentarle siempre, porque de Él te ha venido todo bien” Es tiempo de recibir el don de Dios, de dejarle a Él la iniciativa para obrar, momento también de responder: Una palabra, un gesto, un sentimiento, una petición. Sobre todo, tiempo de reconocer y agradecer - ¡su amor hace obras grandes! -, tiempo de pedir conocer su voluntad, cómo te sueña Dios en tu vida concreta.

 

Algo se mueve: La oración no es un momento, es un camino. Te irá descubriendo poco a poco quién es Jesús, su misterio, sus valores, su propuesta, sus sentimientos y el amor con que te acoge y te busca… Al mismo tiempo, te ayudará a conocerte personalmente de otro modo, quién eres y cómo vives. Mirar a Jesús y mirarte tal y como Dios te ve y te sueña. No descuides esto, aunque no sea lo central, porque sólo así podemos vivir en la verdad. No hay oración sino en la verdad ¡como la amistad!.

También se irá concretando la llamada que Jesús te hace a vivir en libertad interior, la auténtica que da el Evangelio. Sean cuales sean tus circunstancias, te invita a vivir con Él y como Él. Ser orante es vivir el seguimiento de Jesús con todas las consecuencias.

 

Y ¿después?: Con frecuencia, la oración será tiempo de paz, de alegría interior, de luz… pero no siempre. Tu momento personal, tu situación, el cuestionamiento que encuentras en la oración… hacen que los sentimientos que nacen en la oración sean siempre distintos. No evalúes por esto tu oración. Lo importante es que se produzca el encuentro, que tu actitud sea de atención amorosa y escucha. Recoge las luces que hayas recibido, agradece la presencia del Señor y su amor, la sientas o no. La oración es cuestión de fe, de tiempo, de constancia… y de compromiso. Mira hacia fuera ¿acaso no empiezas a verlo todo de otra manera? Los demás, la vida da cada día, lo que sucede en el mundo tiene ya otros colores, colores de esperanza y de amor. La huella de orar

 

La oración deja huella en nuestro interior, “deja dejos”. No se trata de tener muy buenos deseos, ni de hacer eso que llaman “buenos propósitos”. La oración, como la amistad, es sobretodo un DON, un regalo que, acogido desde el corazón, va haciendo crecer algo nuevo, nos cambia. Y eso se nota por fuera, son esos “dejos confirmados con obras”. Todos los sentimientos que puedan surgir en la oración tienen una importancia relativa. Lo fundamental es que esa obra de Jesús en ti, unida a tu respuesta, se va reflejando en otro modo de estar y actuar en la vida con otros valores, otros criterios, otros sentimientos profundos. Él nos ama sin medida ni condiciones. Amarle no es cosa de palabras bonitas, “sino servir con justicia y fortaleza y humildad”. Buen camino. Fuente: modo de orar según teresa de Jesús. Preparado por el Carmelo Joven para la JMJ 2011 en Madrid.

 

Un repaso a nuestra doctrina con el catecismo básico

La dignidad de la persona

La dignidad del hombre nace del hecho de haber sido creado por Dios a su imagen y semejanza, haber sido reconciliado por Cristo y estar llamado a la Bienaventuranza del Cielo. Es tanta la dignidad del hombre, que el Concilio Vaticano II afirma que el hombre es la "única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma" (Gaudium et Spes, 24,3). El hombre, ayudado por la gracia y usando bien de su libertad, puede identificar su voluntad con la voluntad de Dios, pues "Lo que Dios quiere es siempre lo óptimo" (Santo Tomas Moro a su hija Margarita).

 

¿De dónde nace la dignidad del hombre? La dignidad del hombre nace de ser creado por Dios a su imagen y semejanza, de haber sido reconciliado por Cristo y de estar llamado, mediante la gracia, a alcanzar su plenitud en la bienaventuranza del cielo.

 

¿Cómo puede el hombre llegar a la felicidad del cielo? Mediante el ejercicio de su libertad, practicando el bien, cumpliendo en su vida el amoroso plan que Dios tiene para él.

 

¿Qué es la libertad? La libertad es la capacidad que tiene el hombre de ejecutar por sí mismo acciones deliberadas. La libertad es en el hombre signo eminente de la imagen divina.

 

¿Cuándo la libertad humana alcanza su grado máximo? La libertad humana alcanza su grado máximo cuando el hombre descubre el pan de amor que Dios tiene para él y lo vive plenamente en su actuación diaria.

Moralidad de los actos humanos

La libertad hace del hombre un sujeto moral. Cuando actúa de manera deliberada, el hombre es responsable de sus actos. Los actos humanos, o sea, los actos libremente realizados tras un juicio de conciencia son moralmente buenos o malos. La bondad o maldad de los actos humanos depende de: 1º el objeto elegido, 2º la intención o fin que se busca, y 3º las circunstancias de la acción. La persona humana se ordena a la bienaventuranza por medio de sus actos deliberados; las pasiones o sentimientos que experimenta pueden disponerle o contribuir a ello, pero en sí mismas las pasiones son no buenas ni malas; sólo reciben calificativo moral en la medida en que depende de la razón y de la voluntad.

 

¿Qué son los actos humanos? Los actos humanos son los actos libres del hombre.

 

¿Cómo se califican moralmente los actos libres del hombre? Los actos libres del hombre pueden ser actos moralmente buenos o moralmente malos, pero nunca indiferentes.

 

¿De qué depende la bondad o maldad de un acto humano? La bondad o maldad de un acto humano depende del objeto elegido, de la intención o fin que se busca y de las circunstancias de la acción.

 

¿Qué se requiere para que un acto sea moralmente bueno? Para que un acto sea moralmente bueno se requiere a la vez que sea bueno en el objeto, en el fin y en las circunstancias.

 

¿Un fin bueno justificaría el uso de unos medios malos? Nunca, un fin bueno jamás justificaría el uso de unos medios malos, porque el acto sería malo siempre; por consiguiente, no está permitido hacer un mal para obtener un bien.

 

¿Sólo la inteligencia y la voluntad intervienen en los actos humanos deliberados? No, intervienen también las pasiones, que son impulsos de la sensibilidad, y según dependan o no de la razón y de la voluntad, hay en las pasiones bien o mal moral.

 


Fiesta de la Virgen del Carmen: la fiesta del amor

El lunes 16 de julio, la Orden de los Carmelitas Descalzos celebró la solemnidad de la Virgen del Carmen con los hermanos frailes y las carmelitas misioneras, parte de la gran familia carmelitana. Posteriormente, las comunidades OCDS de Bogotá compartieron una deliciosa torta y una copa de vino, expresando la gran alegría y orgullo de tener a María como nuestra madre, hermana y ejemplo de servicio diligente, apasionado, destinado a durar hasta la muerte. ¡Gracias por mostrarnos cada día a tu hijo dulce Virgen del Carmelo! 

Foto: http://globovision.com
Foto: http://globovision.com

Desde el principio, la Orden del Carmen celebró con gran fervor las fiestas marianas comunes de la Iglesia o sea: las fiestas de la Anunciación, Asunción, Natividad y Purificación. Particular relieve dieron los carmelitas también a la celebración de la Inmaculada Concepción, aunque no estuviera prescrita como obligatoria por la liturgia de la Iglesia. Junto a estas celebraciones marianas, y a otras celebraciones marianas que se fueron introduciendo en el calendario propio de la Orden, siempre, en el sábado, se hacía “conmemoración de Santa María”. Se sabe que los carmelitas de las primeras generaciones no tenían una fiesta del propio fundador o patrono, como lo tenían las demás órdenes. Esto les llevó a celebrar a María como Señora y Patrona, incluso en el sentido de fundadora. Para honrarla, cada convento elegía una fiesta de la Virgen para celebrar su fiesta patronal. 

 

Ante tan constante y poderosa protección de la Virgen María, en la segunda mitad del siglo XIV se inició en Inglaterra la Solemne Conmemoración anual de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, para dar gracias a la "Patrona" por todos los beneficios recibidos por la Orden a lo largo de su historia,  ante todo, por dos hechos esenciales que permitieron la supervivencia de la Orden: la aprobación de la misma (después de la decisión del Concilio II de Lyon)  y la victoria conseguida en la Universidad de Cambrigde acerca del título mariano de la Orden . Se eligió el 17 de julio, como fecha de esta conmemoración. En un principio esta conmemoración anual de la Virgen María era una celebración realizada con mayor solemnidad que la conmemoración semanal a sabática de la Virgen María:  algo semejante a lo que es la Pascua anual comparada con el domingo o pascua semanal. El recuerdo de los favores recibidos por la Orden de la misma Virgen María en cada una de estas conmemoraciones anuales hacía como de vibrante pregón de dichos beneficios. 

 

Un pregón que adquirió carácter de celebración litúrgica de un “recuerdo-agradecido”.  Recuerdo de la eficaz y poderosa mediación de María, a la vez que agradecimiento a la Madre y Patrona. Este día fue también escogido por los carmelitas para renovar su donación y consagración a Ella. Un breviario-misal, escrito entre 1373-93, reza así: «Oh Dios, que te has dignado honrar a esta Orden humilde y predilecta con el título de la excelentísima Virgen y Madre tuya María, y has obrado milagros en su favor; concede propicio, que los que celebramos devotamente su conmemoración, merezcamos al presente ser fortalecidos con su auxilio y gozar después de la gloria eterna» . Con el transcurso de los años, el carácter de la fiesta patronal vinculada al marianismo de la Orden se acentúa cada vez más, enriqueciéndose con nuevos textos litúrgicos, en los que se invoca a María con frases muy tiernas y expresivas. Por ejemplo: «Oh Patrona feliz, que nunca has dejado de sernos propicia a tu amada familia […]; Lámpara de luz celestial, medicina para todos los males, mediadora poderosa nuestra […]; Oh Señora y Patrona amorosa del Carmelo», etc., etc. Y finalmente, después de evocar la excelencia del título mariano de la Orden pregonado por esta Solemnidad, se termina así: «La presente Festividad nos mueva a aumentar más y más la devoción a tan excelsa Patrona. El título de Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, con que somos honrados por aprobación eclesiástica, es un timbre de gloria para nosotros» . 

 

De este modo, en los siglos XIV-XV se difunde la referencia a este “día de la Orden” o fiesta patronal para recordar y agradecer a la Virgen María los beneficios recibidos por su maternal intercesión.  A finales del siglo XV pasará esta celebración solemne al día 16 de julio. Fuente: María del Pilar de la Iglesia OCDS y corrección lingüística de María Francisca Alonso OCDS, 20 de julio de 2017. 

 

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La vida del discípulo

Foto: https://padreeduardosanzdemiguel
Foto: https://padreeduardosanzdemiguel

Santo evangelio según san Marcos 6,7-13

 

En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y añadió: «Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.» Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban. Palabra del Señor.

 

Reflexión

 

Hoy llegamos al último día de nuestra novena en honor de Nuestra Señora, Reina y Hermosura del Carmelo. Nueve días que nos han permitido escuchar la Palabra divina en la escuela de María, haciéndonos, junto a Ella, discípulos oyentes de la Palabra que envía, consagra, enriquece y abre caminos insospechados y benditos para cada uno de nosotros. Terminamos la novena en este domingo en donde la liturgia nos recuerda nuestra consagración como discípulos y hermanos, enviados a exhalar el aroma de Dios, y particularmente nosotros como Carmelo descalzo, al “estilo de María”, sí, al lado de quién ha sido llamada “educadora de la fe” y “pedagoga del evangelio”. El perfume del evangelio se expande por toda la liturgia dominical y hoy muy especialmente nos recuerda lo que significa la vida del discípulo, quien ha sido llamado a partir de una experiencia vital concreta y enviado para una misión específica. Así nos lo revela el profeta Amós, quién nos recuerda que el elegido es un hombre sin títulos ni renombre especial, es un ser corriente “no soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos”, a quien Dios elige para que con su fuerza y bendición, asuma otra manera de vivir, “el Señor me sacó de junto al rebaño” y al que se le encomienda una misión, “ve y profetiza a mi pueblo Israel”. Expresiones fundamentales que en pocas palabras presentan la identidad nueva que asume un ser llamado por Dios y capacitado por Él, para ser testigo de la bendición divina en medio de la gente.

 

El solemne himno litúrgico que nos regala la carta a los efesios es el canto de reconocimiento a la identidad del discípulo que le ha sido conferida en el encuentro con el Padre a través de Jesús, pues ahí se experimenta “bendecido en Cristo con toda clase bienes espirituales y celestiales” y “elegido en la persona de Cristo“ para ser consagrado, participe de la santidad divina e irreprochables ante Él por el amor y “destinado a ser su hijo”, y expresar ante el mundo que estamos llamados a ser reflejos de su gloria, herederos de sus bendiciones, llenos de gracia, como se sintió y reconoció María. Y así, como lo hizo Ella, proclamar que “el tesoro de su sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros dándonos a conocer el Misterio de su Voluntad”, que no es otro que la plenitud del Reino, cantado como un verdadero Magnificat en la vida de la Virgen y de todo discípulo de Jesús. El discípulo, como Nuestra Señora, muestra con su vida cuál es la experiencia que está en la raíz de quien acepta un envío como el evangelio, pues se sabe a sí mismo bendecido, elegido, hijo del Padre, lleno de gracia y sabio con la fuerza del Espíritu que lo reconforta e ilumina.

 

Una semana de bendiciones,

P. Mauricio Uribe O.C.D.

 

Inequidad planetaria

Foto: http://www.otromundoesposible.net
Foto: http://www.otromundoesposible.net

48. El ambiente humano y el ambiente natural se degradan juntos, y no podremos afrontar adecuadamente la degradación ambiental si no prestamos atención a causas que tienen que ver con la degradación humana y social. De hecho, el deterioro del ambiente y el de la sociedad afectan de un modo especial a los más débiles del planeta: «Tanto la experiencia común de la vida ordinaria como la investigación científica demuestran que los más graves efectos de todas las agresiones ambientales los sufre la gente más pobre»[26]. Por ejemplo, el agotamiento de las reservas ictícolas perjudica especialmente a quienes viven de la pesca artesanal y no tienen cómo reemplazarla, la contaminación del agua afecta particularmente a los más pobres que no tienen posibilidad de comprar agua envasada, y la elevación del nivel del mar afecta principalmente a las poblaciones costeras empobrecidas que no tienen a dónde trasladarse. El impacto de los desajustes actuales se manifiesta también en la muerte prematura de muchos pobres, en los conflictos generados por falta de recursos y en tantos otros problemas que no tienen espacio suficiente en las agendas del mundo[27].

 

49. Quisiera advertir que no suele haber conciencia clara de los problemas que afectan particularmente a los excluidos. Ellos son la mayor parte del planeta, miles de millones de personas. Hoy están presentes en los debates políticos y económicos internacionales, pero frecuentemente parece que sus problemas se plantean como un apéndice, como una cuestión que se añade casi por obligación o de manera periférica, si es que no se los considera un mero daño colateral. De hecho, a la hora de la actuación concreta, quedan frecuentemente en el último lugar. Ello se debe en parte a que muchos profesionales, formadores de opinión, medios de comunicación y centros de poder están ubicados lejos de ellos, en áreas urbanas aisladas, sin tomar contacto directo con sus problemas. Viven y reflexionan desde la comodidad de un desarrollo y de una calidad de vida que no están al alcance de la mayoría de la población mundial. Esta falta de contacto físico y de encuentro, a veces favorecida por la desintegración de nuestras ciudades, ayuda a cauterizar la conciencia y a ignorar parte de la realidad en análisis sesgados. Esto a veces convive con un discurso «verde». Pero hoy no podemos dejar de reconocer que un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres.

 

50. En lugar de resolver los problemas de los pobres y de pensar en un mundo diferente, algunos atinan sólo a proponer una reducción de la natalidad. No faltan presiones internacionales a los países en desarrollo, condicionando ayudas económicas a ciertas políticas de «salud reproductiva». Pero, «si bien es cierto que la desigual distribución de la población y de los recursos disponibles crean obstáculos al desarrollo y al uso sostenible del ambiente, debe reconocerse que el crecimiento demográfico es plenamente compatible con un desarrollo integral y solidario»[28]. Culpar al aumento de la población y no al consumismo extremo y selectivo de algunos es un modo de no enfrentar los problemas. Se pretende legitimar así el modelo distributivo actual, donde una minoría se cree con el derecho de consumir en una proporción que sería imposible generalizar, porque el planeta no podría ni siquiera contener los residuos de semejante consumo. Además, sabemos que se desperdicia aproximadamente un tercio de los alimentos que se producen, y «el alimento que se desecha es como si se robara de la mesa del pobre»[29]. De cualquier manera, es cierto que hay que prestar atención al desequilibrio en la distribución de la población sobre el territorio, tanto en el nivel nacional como en el global, porque el aumento del consumo llevaría a situaciones regionales complejas, por las combinaciones de problemas ligados a la contaminación ambiental, al transporte, al tratamiento de residuos, a la pérdida de recursos, a la calidad de vida.

 


¿Quieres afianzar tu relación de amistad con Jesús por medio de la oración?

Foto: http://www.unlugar.org/
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Apagar la televisión y desconectarse de internet y del celular es un buen comienzo para orar. Orar requiere, en primer lugar, buscar un lugar cómodo, silencioso, ordenado y tranquilo. Buscamos un silencio exterior. No hace falta que sea absoluto y total, no es necesario irse a la cumbre de una montaña, basta con un entorno tranquilo donde uno pueda estar solo: una iglesia o tu cuarto, por ejemplo. Podemos comenzar rezando el Padre Nuestro u otra oración, pensando en lo que decimos, muy despacio. En otros momentos podemos hablar con Dios como se habla con un amigo, imaginándonoslo junto a nosotros.  A Dios Padre no podemos imaginarlo, pero sí a la imagen que hizo de sí mismo, su Hijo. Teresa de Jesús lo dice así: “… que no es otra cosa oración mental – a mi parecer -, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama.” (Vida 8,5).

 

La oración no debe ser un acto egoísta que busque levantar el espíritu a sentimientos místicos, ni una paz interior sobrenatural. Al contrario, debemos acudir a la oración de manera humilde, con el corazón abierto y desnudo. La primera etapa es la más difícil: por un lado, nos cuesta encontrar el tiempo dentro de nuestro día. Debemos tratar de buscar un momento y una duración fijos. La oración requiere una disciplina “no tengo tiempo” significa “no quiero, hay cosas más importantes”, todos tenemos las mismas horas en el día.

Por otro lado, debemos dejar de adorar a los ídolos de nuestro tiempo: las atracciones del mundo y sus distracciones. Si no tomamos la iniciativa seremos esclavos del mundo siempre. No debemos dejarnos influir por prejuicios e ideas preconcebidas sobre la oración, no es sólo una cosa de monjas o de puritanos piadosos: todos estamos llamados a la oración. Si logramos dar este primer paso; reservándonos un espacio y un tiempo a la oración, debemos tratar a continuación de silenciar nuestra mente: nuestro mundo sigue ahí dentro, y las preocupaciones que tenemos provocarán que nos asalten continuas distracciones. Esto nos va a pasar siempre, al principio y cuando llevemos mucho tiempo, pero no debemos dejar que las distracciones se conviertan en las protagonistas.

 

Debemos estar atentos a las distracciones, ellas reflejan donde está realmente nuestro corazón, debemos despegarnos de ellas, pero entender que son nuestras inquietudes y apegos. El combate de la oración se vence cuando nuestras preocupaciones tienen que ver con nuestra mejora espiritual; ayudar y servir a los demás, pedir por ellos y por nosotros. Saber que queremos servir a Dios y no al dinero. De la oración deben nacer buenas obras: “Para esto es la oración, hijas mías; de esto sirve este matrimonio espiritual, de que nazcan siempre obras, obras” (Moradas séptimas 4,6); sin embargo, habrá momentos en que las palabras no ocuparán el pensamiento. Como nos puede pasar con un buen amigo, o con mi marido, mi madre o mi hija. A veces basta una mirada, a veces nos ayuda que nos acompañen en silencio. Entender cosas sin palabras, mirar a Jesús y sentirse mirado por Él: La oración es entonces contemplativa.

 

En cualquiera de las etapas salimos reforzados con buenas intenciones y buenas disposiciones (virtudes) para nuestra vida cotidiana. Poco a poco, sin ser muy conscientes de ello, vamos dejándonos hacer en nuestro interior, dejando nuestro orgullo y egoísmo, ganando por ello en libertad de la buena, que no es hacer lo que me dé la gana, sino liberarnos del pecado, ganar en humildad y entender mejor lo pequeños que somos frente a Dios. Pequeños pero muy queridos. Sentir, en último término, que estamos en manos de un Dios todopoderoso que nos quiere.

 

Mayores escalas en la oración, como las gracias místicas que describe Santa Teresa, son muy poco frecuentes y debemos tener en cuenta varias cosas. En primer lugar, que son sólo obra de Dios, estando fuera de nuestro alcance el procurarlas, por mucho tiempo y voluntad que pongamos. En segundo lugar, que, si se dan, es para ayudarnos en alguna tarea de servicio más allá de nuestras fuerzas, nunca sería sólo para nuestro disfrute. Y, en tercer lugar, que no debemos hacer especial caso de ellas, ni esperarlas, ni mucho menos condicionar por ellas nuestra perseverancia en el orar.

 

Finalmente, hay que entender que la oración no es una evasión del mundo, sino beber de la fuente que nos hará continuar mejor nuestro camino y nuestra vida, nos ayudará a saber lo que debemos hacer y hacerlo bien. Santa Teresa nos lo dice así: “…En lo que está la suma perfección, claro está que no es en regalos interiores ni en grandes arrobamientos ni visiones ni en espíritu de profecía; sino en estar nuestra voluntad tan conforme con la de Dios, que ninguna cosa entendamos que quiere, que no la queramos con toda nuestra voluntad, y tan alegremente tomemos lo sabroso como lo amargo.” (Fundaciones 5,10).

 

En cuanto a la duración pueden estar bien 5 minutos al día al principio. Para ir subiendo a 15, 30 y hasta completar un tiempo razonable que nos permita “conectar” con Dios y también dedicar el tiempo necesario a las demás ocupaciones como el trabajo, familia u otras ocupaciones. Respecto a la postura debe ser cómoda pero respetuosa para con quien queremos hablar: sentado, de pie, de rodillas. En principio no recostado ni acostado, salvo enfermedad o incapacidad.

 

Si has leído hasta aquí es que te interesa la oración; por lo tanto… ¡manos a la obra! Practica pronto, no busques muchas explicaciones. Permanecer con Jesús en la eucaristía y en el Santísimo será una maravillosa forma de empezar y te dará luces para el camino. Adaptado de: http://www.santateresadejesus.co/