Algunas historias de amigos

Foto: http://www.1001consejos.com
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Por algo Proverbios 17:17 dice que “en todo tiempo ama el amigo, y el hermano nace para tiempo de angustia.” Los verdaderos amigos son aquellos que no te abandonan en los momentos críticos de la vida, y en vez de apartarse de ti, te apoyan en oración y te animan en la fe. Considera la historia de estos amigos en la Biblia, y pídele al Señor que te ayude a ofrecer este tipo de amistad a otros.

 

Noemí y Ruth: Cuando se encontraron solas, estas dos mujeres cuidaron la una por la otra.Probablemente el pasaje mas recitado cuando se habla de la lealtad entre amigas es Rut 1:16-17. Dice: “Tu Dios será mi —¡No me pidas que te deje y que me separe de ti! Iré a donde tú vayas, y viviré donde tú vivas. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios. Moriré donde tú mueras, y allí quiero ser enterrada. ¡Que el Señor me castigue con toda dureza si me separo de ti, a menos que sea por la muerte! (DHH)

 

David y Jonathan: Primera de Samuel 3 dice que estos dos fueron amigos casi instantáneamente. Jonathan fue príncipe de Israel, hijo del rey Saúl, enemigo de David. Puso su propia vida en riesgo para ayudar a su amigo a escapar la persecución de su padre. El día que David escapó, hicieron un pacto de amistad que probó ser beneficioso para Jonathan después que David llegó a ser el rey de Israel.

 

Daniel, Sadrac, Mesac y Abednego: Cuando fueron exiliados a Babilonia, estos cuatros jóvenes propusieron en sus corazones no contaminarse con la cultura pagana del imperio para así no ofender a Dios. Juntos se pusieron de acuerdo en esto y vieron el respaldo del Señor. Daniel 1:17 dice que  “Dios les dio a estos cuatro jóvenes conocimientos e inteligencia en todas las letras y ciencias.” Es bueno cuando podemos contar amigos en la fe durante las verdaderas pruebas de la vida.

 

Jesús y los hermanos Lázaro, María y Marta: En los evangelios vemos a Jesús en la casa de estos tres hermanos por lo menos en dos o tres ocasiones. La casa de esta familia estaba en Betania, no  lejos de Jerusalén, y parece que Jesús paraba ahí de vez en cuando durante sus viajes. En Lucas 10:38-42 lo vemos ensenando en un hogar, María esta escuchándolo atentamente y Marta haciendo oficios. María también fue quien ungió a Jesús con perfume. Luego vemos a Jesús compartir en el dolor de estas hermanas cuando Lázaro muere. Jesús llora por su amigo y lo resucita. Juan 11:5 dice que Jesús amaba a estos hermanos.

 

Felipe y Natanael: ¿Cuántas veces no has salido a contarle a tu amigo las buenas noticias y ocurrencias de tu vida? Cuando Jesús llama a Felipepara ser uno de los 12, y este reconoce que quizás Jesús es el Mesías que habían estado esperando, el va y se lo cuenta a su amigo Natanael, quien al principio estaba dudoso de lo que su amigo le contaba. Felipe simplemente le dijo “ven, y ve.” Con ese reto Natanael va, conoce a Jesús y termina siendo uno de los 12 también.

 

Pablo y Silas: Estos dos hombres fueron compañeros en el ministerio, con todos sus triunfos y tribulaciones. En Hechos 16 lo vemos juntos en la cárcel y ahí empiezan a orar, cantar y alabar. Dios usa un temblor de tierra para librarlos de ahí. Imagínate las veces que ellos quizás recordaron ese día, y como Dios se glorifico en medio de una circunstancia difícil. Fuente: https://www.aboutespanol.com.

 

La amistad con Jesús

El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga

Foto: https://www.lds.org
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En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino, preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas.» Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?» Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías.» Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días.» Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!» Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.» Palabra del Señor.

 

Reflexión

 

En el Evangelio que encontraremos este domingo 24 del tiempo Ordinario (Mc. 8, 27-35) nos damos cuenta que para entender lo que acontece al final de la vida de Jesús, para no escandalizarse, ni sorprenderse por las cosas que pueden pasar en Jerusalén, se necesita tener fe, mucha fe. Se necesita tener claro que Jesús es el Señor, el Mesías, el Hijo de Dios. Jesús sabe que tiene muchos enemigos, que le tildan de blasfemo, de faltar a las normas y leyes del judaísmo, de querer dividir con la interpretación de la Escritura al pueblo; Jesús sabe que sus enemigos son poderosos, que pueden manipular al pueblo y que a alguien así como Él, que actúa y habla como Él,  le espera la condenación, la injusticia de un juicio y hasta la muerte.

 

Jesús va con sus discípulos y quiere que ellos no se hagan ilusiones falsas sobre lo que puede pasar con Él y con ellos. Jesús tiene claro que gran parte de sus discípulos no han entendido su misión, ni el proyecto del Reino. Que algunos buscan poder, otros lugares importantes de reconocimiento; unos anhelan que la promesa del Mesías sea el cumplimiento de tener una nación independiente y autónoma del Imperio Romano; pero Jesús les aclara a través de la respuesta que da Pedro: “Tú eres el mesías”, que venga lo que venga, el Reino sigue adelante porque es un proyecto de Dios y no de los hombres. Que la muerte no marca el final de algo que Dios ha iniciado con tanto amor sino que también la resurrección existe y que es en la resurrección que Dios restaura todo lo que parece perdido. Que en definitiva Dios es el dueño de la vida y de la muerte.

 

Jesús invita a Pedro a seguirlo, a caminar detrás de Él. Lo invita a asumir el caminar con todas las condiciones pero también a que piense como Dios y no como los hombres, que entienda que este proyecto de amor tiene que ver con el perdón, con la confianza en el Padre, con la humildad, con la renuncia. Tiene que ver con la fidelidad a pesar de tantos enemigos y persecuciones. Dios nos ha elegido para salvar con Jesús a la humanidad así eso implique para muchos la muerte.

 

En la vida del seguidor de Jesús, del creyente, el que debe primar en todo es Dios y no nosotros ni nuestras obras. Todo es por Él y para Él. Él debe ser nuestra seguridad, nuestro apoyo; Él es nuestra riqueza. Y por Él renunciamos para que Él sea a través de nosotros quien siga sanando, liberando, salvando. Ganemos la vida entregándola a Dios; ganemos el mundo para Dios dando testimonio de Jesús, amando a los demás y reconociendo la dignidad que ellos tienen y no perdamos la razón de ser de nuestra existencia que es el amar.

 

Vamos a cuidarnos de todo aquello que nos puede hacer caer y hasta hacerle perder sentido a lo que creemos y confesamos en fe; cuidado con “satanás”, es decir, con aquel y aquellos que se oponen al proyecto de Dios, que nos apartan del camino del Señor; cuidado con aquello que nos hace pensar distinto a Dios que piensa con la cabeza, con el corazón, con el amor. Vayamos adelante y que sea Jesús quien siga guiando nuestro caminar.

 

Frailes Carmelitas Descalzos OCD

 

Homilía Año Jubilar Teresiano

Celebramos esta eucaristía en el ámbito del Año Jubilar teresiano, un año de gracia en el que Teresa nos empuja a conocer en profundidad al Dios que ella conoció, el Dios «ganoso de hacer mercedes», el Dios que siempre nos espera para acogernos con un abrazo que perdona todo pecado y nos llena de su ternura y bendición.

 

Cada uno de nosotros puede reflexionar personalmente sobre cómo ha vivido y cómo está viviendo este año, sobre los dones que ha recibido, sobre las luchas y las pruebas que ha tenido que afrontar, sobre las inevitables caídas, pero sobre todo sobre el camino que el Señor le ha hecho recorrer para hacerlo crecer, para hacerle avanzar un poco más en la peregrinación hacia la tierra prometida: «¡Acuérdate!»: cuántas veces en la Sagrada Escritura encontramos esta exhortación dirigida al pueblo de Israel, que se olvida fácilmente del bien recibido en los momentos de sufrimiento o, viceversa, olvida su miseria en el tiempo de la prosperidad. «Acuérdate de todo el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer en este año en el desierto, para descubrir lo que había en tu corazón. Tu vestido no se ha envejecido y tu pié no se ha hinchado en este año. Reconoce por lo tanto en tu corazón que, como un hombre corrige a su hijo, así el Señor tu Dios te corrige a ti » (Dt 8,2-5). 

 

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Misericordia hacia dentro y amor hacia fuera

Foto: http://blogs.periodistadigital.com
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Santo evangelio según san Marcos

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén, y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas.Según eso, los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: «¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?» Él les contestó: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. “Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres”. Entonces llamó de nuevo a la gente y les dijo: «Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.». Palabra del Señor.

 

Reflexión

 

Mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor que en su amor nos hace cada día más dignos y capaces de vivir el proyecto de santidad para el que fuimos creados. El Reino de Dios, centro del proyecto de santidad, necesita del amor y la bondad que  cada uno tenemos para poner al servicio de los demás. Bien distinto al don de muchas personas que es el de estar mirando, juzgando, condenando.

 

Pareciera que Dios ha delegado en los que se creen los dueños de la ley y de las normas, la función de juzgar sin antes saber el por qué el proceder de las personas. Gente de la que también Jesús dice que son amigos de mirar la “paja” en el ojo ajeno sin antes haber mirado la viga del propio; personas a las que Jesús les aconsejó que no juzgaran para no ser juzgados o a las que con claridad les dijo que la media que ellos usen (en la misericordia) será la que el Padre Dios usará con ellos.

 

No podemos negar que la religión se nos llenó de normas, de preceptos; que en la religión las costumbres y las tradiciones se volvieron ley; que la persona pasó a un segundo lugar en cuanto al amor y que pasaron a primar los conceptos de bueno y malo por encima del de la misericordia y la compasión; hemos dejado de mirar el corazón por mirar las manos y hemos dejado el amor por observar la norma. Y no caemos en cuenta que muchos “malos” están cumpliendo la ley y que muchos “buenos” están siendo condenados por las normas y las costumbres.

 

Siento yo que Mc. 7, 1-8. 14-21. 21-23, que es el Evangelio propuesto para este domingo 22 del tiempo Ordinario, es una invitación para volver al corazón; para volver al ser humano y para reconocer en las personas la dignidad para tratarlas como se lo merecen: como hijos de Dios, amados y reconciliados en Jesús. Y aunque lo humano sea divino no todo lo divino es humano. Dios conoce muy bien el para qué de la norma y ama al ser humano y en éste todas las capacidad que tiene de “convertirse” y de ser imagen y semejanza en su paso por la tierra; lo natural del ser humano es vivir en permanente relación con lo divino, con Dios y lo más “encantador” de Dios es su capacidad de hacerse cercano, amigo y compañero de lo humano. Ha sido siempre una relación en la que Dios siempre cuenta con nosotros y que es precisamente por eso que no quiere  que persona alguna sea despreciada o que sea mirada con “ojos” justicieros ignorando el corazón que contiene la propia vida.

 

El corazón es el lugar en el que anidan las cosas de Dios pero también es lugar en el que el ser humano, cuando decide estar sin Dios, puede llenar de pecados y maldades. Lo que hace puro un ser es el corazón limpio, ellos, dice Jesús verán a Dios. Los que no tienen corazón limpio están condenados a la soledad del pecado, del orgullo y al peligro de perder la vida por no querer tener en el corazón al que es la vida: Dios.

 

Los actos externos no siempre manifiestan lo que hay en el corazón, por aparentar podemos hacer muchas cosas, para que no ser condenados podemos observar muchas normas, pero la verdad está en el interior, en el corazón. Por eso la invitación es a purificarnos, a llenar el corazón de Dios, es decir de amor. La invitación es a la coherencia, a la bondad y sobre todo a la misericordia. Seamos buenos por dentro y por fuera; misericordiosos por dentro y amorosos por fuera. Seamos de Dios. Con mi bendición:

 

 P. Jaime Alberto Palacio González, OCD

 

Camino de perfección

Serie de la televisión española

Silencio y vida interior

Universidad de la mística

"Alabado seas, mi Señor"

Laudato Si

Capítulo 1

Capítulo 3

Capítulo 5

Capítulo 2

Capítulo 4

Capítulo 6


Salmo 8

 

¡Oh Yahveh, Señor nuestro, qué glorioso tu nombre por toda la tierra!

Tú que exaltaste tu majestad sobre los cielos, en boca de los niños, los que aún maman,

dispones baluarte frente a tus adversarios, para acabar con enemigos y rebeldes.

Al ver tu cielo, hechura de tus dedos, la luna y las estrellas, que fijaste tú,

¿qué es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo de Adán para que de él te cuides?

Apenas inferior a un dios le hiciste, coronándole de gloria y de esplendor;

le hiciste señor de las obras de tus manos, todo fue puesto por ti bajo sus pies:"

Orden de las lecturas de la Encíclica Laudato Si

Foto: https://sostenibilidad.semana.com
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Comunidad Seglar de Nuestra Señora del Monte Carmelo, Bogotá

 

Primera reunión 

Introducción con el Salmo 8 

 

Segunda reunión

Introducción a la encíclica

Capítulo primero “Lo que le está pasando a nuestra casa”

 

Tercera reunión 

Capítulo segundo “El evangelio de la creación”

 

Cuarta reunión 

Capítulo tercero “La raíz humana de la crisis ecológica”

 

Quinta reunión 

Capítulo cuarto “Una ecología integral”

 

Sexta reunión 

Capítulo quinto “Algunas líneas de orientación y acción”

 

Séptima reunión 

Capítulo sexto “Educación y espiritualidad ecológica”

 

Octava reunión 

Oración interreligiosa por nuestra tierra

Oración cristiana con la creación

 

Novena reunión 

Cántico espiritual: estrofas selectas de san Juan de la Cruz 

 

 

NOTAS:

  • La lectura de los capítulos de Laudato Si´ se realizaran de forma personal y en las reuniones se discutirán las preguntas e inquietudes que la lectura incitó en nuestro interior. 
  • Al inicio de cada reunión se distribuirán algunos pasajes de la Biblia para contrastar nuestra discusión con el texto sagrado. 

(Revisa los documentos de estudio en la pestaña "Cartas y Documentos")

 

ÉL es el pan bajado del cielo

Santo evangelio según san Juan (6,41-51)

Foto: http://mvcweb.org/
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En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?» Jesús tomó la palabra y les dijo: «No critiquen. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios.” Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Yo les aseguro: el que cree en mí tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros (Sus) padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»Palabra de Dios.

 

Reflexión

 

La liturgia de este domingo tiene como tema central la Eucaristía, el pan vivo bajado del cielo. Ya desde el Primer Libro de los Reyes, la experiencia de Elías es una prefiguración del pan de Vida, una invitación a «levantarnos y comer». La segunda lectura tomada de la carta a los Efesios nos exhorta a ser buenos, a llevar a la práctica los efectos que produce Dios en el corazón del hombre, una invitación a ser «imitadores de Dios», entendiendo la imitación como una transformación que el Espíritu divino realiza en nuestro interior para realizar las obras de Dios.

 

El evangelio de san Juan, en continuación con los domingos anteriores, nos presenta el discurso del pan de Vida, y hoy nos muestra la confrontación de Jesús con los fariseos. El primer enfrentamiento del que se nos habla, tiene que ver con el origen de Jesús. Cuando Jesús dice que Él es el pan bajado del cielo, está implícitamente expresando su trascendencia. Los fariseos conocían su origen, sabían que su padre era José y su madre María, por eso se preguntan: «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?».

 

El problema de este grupo de hombres radica en no ser capaces de reconocer el origen divino de Jesús, no pueden aceptarlo. Eso mismo es lo que nos puede estar pasando hoy. Estamos llamados a dejarnos atraer por el Padre para comprender a la persona de Jesús. Aceptar a Jesús significa comprender que Él es el pan de Vida, un pan superior al maná en el desierto. Por eso es necesario comerlo, comer su pan, comer su carne, como aceptación de su persona, como punto esencial para unirnos a Dios. A través de esta comida se establece una relación profunda entre Jesús y su seguidor. De ahí que estamos llamados a aceptar la invitación a comer de su pan, de su carne, es decir, de su Vida para vivir.

 

El evangelio de hoy nos interpela sobre cómo estamos aceptando la totalidad de la persona de Jesús, Dios y hombre. Solo en Él podemos tener vida, solo por Él y en Él tenemos acceso a la divinidad. Dejémonos atraer por el Padre y aceptemos a Jesús como el único dador de vida por su Espíritu.

 

Fray Jairo Gómez Díaz O.C.D

 

Revista Vida Espiritual

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Creer es una obra de Dios

Foto: https://minutodedios.fm
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Santo evangelio según san Juan (6,24-35)

 

En aquel tiempo, al no ver allí a Jesús ni a sus discípulos, la gente subió a las barcas y se dirigió en busca suya a Cafarnaún. Al llegar a la otra orilla del lago, encontraron a Jesús y le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?»  Jesús les dijo: «les aseguro que ustedes no me buscan porque hayan visto las señales milagrosas, sino porque han comido hasta hartarse. No trabajen por la comida que se acaba, sino por la comida que permanece y les da vida eterna. Ésta es la comida que les dará el Hijo del hombre, porque Dios, el Padre, ha puesto su sello en él.» Le preguntaron: «¿Qué debemos hacer para que nuestras obras sean las obras de Dios?» Jesús les contestó: «La obra de Dios es que crean en aquel que él ha enviado.»  «¿Y qué señal puedes darnos –le preguntaron– para que, al verla, te creamos? ¿Cuáles son tus obras? Nuestros antepasados comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: “Dios les dio a comer pan del cielo.”» Jesús les contestó: «les aseguro que no fue Moisés quien les dio el pan del cielo. ¡Mi Padre es quien les da el verdadero pan del cielo! Porque el pan que Dios da es aquel que ha bajado del cielo y da vida al mundo.»Ellos le pidieron: «Señor, danos siempre ese pan.» Y Jesús les dijo: «Yo soy el pan que da vida. El que viene a mí, nunca más tendrá hambre, y el que en mí cree, nunca más tendrá sed.» Palabra del Señor.

 

Reflexión

 

Desde el pasado domingo la acción principal del evangelio es mostrar el camino por el que la persona llega a creer. ¿Qué es creer? ¿Tiene sentido creer? ¿Qué significa creer hoy? En efecto en nuestros días es necesaria una interrogación profunda por la fe que comprenda el conocimiento de la verdad y los acontecimientos de la salvación como bien lo dice el evangelio de san Juan en esta ocasión, pero sobre todo, donde emerja un verdadero encuentro con Dios en Jesucristo. Los textos de la liturgia dominical evidencian signos de bien y junto a ellos el crecimiento de un desierto espiritual. A veces está la sensación de no crecer junto a los signos de bien, de estar perdido en la inmensidad espiritual, de detenerse al no encontrar una salida como si una sombra cubriera toda la realidad del camino. Sin embargo la lucha consiste en ser cada vez mejores seres humanos, aquellos que no viven del interés y el bienestar personal sino de un elocuente enamoramiento de Dios como lo muestra el evangelio.

 

La pregunta de la gente “Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?” muestran cómo el proceso de la fe ve a Jesús en categorías de un maestro o quien puede proponer un camino distinto para el encuentro con Dios, sin embargo el detalle de preguntar por su llegada manifiesta aun la falta de la certeza del Salvador en medio de la vida humana, trivializa el momento puntual de su llegada. En efecto el narrador lleva al lector a darse cuenta que Jesús interpreta la búsqueda de la gente no como una motivación por el signo del milagro sino como una necesidad de disfrutar el pan que les ha dado. Entonces, una vez más se intuye que el proceso de la fe muchas veces es conveniente y carente de profundidad. Es así como Jesús toma su lugar de maestro para enseñar de nuevo que no se trata de un trabajo por el pan perecedero sino por el alimento que en verdad tiene duración eterna. Con toda certeza se deben tomar las palabras ya pronunciadas antes, allí donde Jesús afirma tener un alimento que no es conocido (4,32-34) pero que será suficiente para creer y ser uno con Dios. En este caso Jesús quiere hacer entender que el alimento celestial trasciende el alimento material y éste debe ser el objeto de búsqueda del cristiano.

 

Jesús es el único que revela a Dios (3,13) con el fin de darlo a conocer a todos (1,51). Ahora bien, la aceptación o rechazo de esta manifestación depende de cada uno, de su apertura, docilidad y fidelidad a un proyecto de salvación puesto en manos de cada persona para su debida administración como bien lo refiere san Pablo. Junto a todo este argumento se presentan en el evangelio diferentes cuestiones, todas ellas importantes, sin embargo el detalle del evangelista por mostrar el futuro haciendo ver que “el Hijo de Hombre dará” el pan, hace interrogar la fe sobre cuándo se debe creer: ¿hoy? ¿Mañana? ¿Al final de la vida? Muchos en realidad se debaten en este punto, quizás no sea tan importante como sí lo es entender que la promesa del alimento se corresponde con la fe de Israel, con la fuerza de saber que en medio del desierto Dios sigue haciendo el camino y que en la ausencia de pan el Señor siempre será pan vivo para satisfacer el alma.

 

El evangelista advierte que la muchedumbre intenta pasar por alto la promesa del Hijo del Hombre al preguntar: “¿qué hemos de hacer para dedicarnos a las obras de Dios?”. El vínculo fundamental en este momento es entender que la cuestión depende de la fe para tener un acceso directo a Dios, así lo manifiesta Jesús en su respuesta dejando claro que el camino hacia Dios no se hace mediante el solo cumplimiento de la ley, sino que para acceder a Dios es necesario hacerlo por el Hijo, que es quien lo da a conocer, por tal razón la única forma de entrar en la obra de Dios es creer en quien él ha enviado (v. 29). La gran dificultad es vivir el proceso planteado por Jesús en el evangelio, o en otras palabras, entender que él sea la puerta para llegar al Padre, por esta razón está dicho en el texto que no sólo basta ver al Hijo sino que se necesita un signo dado por él para poder creer. San Juan muestra las condiciones de la humanidad para llegar a Dios, al parecer no es suficiente el Hijo sino también se requieren sus signos. La gente confía en la tradición (v. 31) y le piden a Jesús entrar en su lógica, sin embargo Jesús insiste en mostrar la nueva lógica del amor del Padre al enviar a su Hijo. Irónicamente los interlocutores de Jesús ponen en sus labios el texto con el cual dará la respuesta sin perder el centro del contexto pascual al que se dedica todo este capítulo 6.

 

El verdadero problema y la tensión del texto están dados en que Jesús presenta la novedad del cielo que es él mismo, mientras que la multitud defiende y se aferra a Moisés, el maná y la Torá como generadores de vida en Israel. Es decir, la muchedumbre no quiere abandonar el “alimento perecedero” para aferrarse al “alimento que no perece”. El signo pedido por la multitud implica una magnitud tan grande que les de la capacidad de creer por encima de la autoridad exclusiva de Moisés y la Torá. Por esta razón Jesús advierte a la gente que la importancia no debe ser puesta en Moisés sino en Dios y en su Hijo. No fue Moisés quien proporcionó el pan, sino Dios quien lo entregó para la vida de su pueblo y ahora entrega no el pan que se acaba sino a su propio Hijo que jamás dejará de existir. La tradición no puede opacar el sentido de Dios, no es correcto quitarle el protagonismo y ubicar en su lugar situaciones, sentimientos, recuerdos que mueren con facilidad. La fe es un exquisito don de Dios, es dada por él mismo, solo basta quererla recibir e incorporarla en la vida. No obstante, es importante decir junto a esto que la fe es un acto profundamente libre y humano.

 

Creer es fiarse con toda libertad y alegría al proyecto providencial de Dios; la fe es un asentimiento con el que la mente y el corazón pronuncian un constante sí para Dios, confesando que Jesús es el Señor, el Pan bajado del cielo. Este sí transforma la vida, le abre el camino hacia una plenitud de significado, la hace nueva, rica de alegría y de esperanza fiable. Jesús no quiere violentar a la “muchedumbre” solo quiere hacer hijos de Dios, aferrados a él, personas que narren la experiencia de la vida nueva, aquellos que hagan posible la presencia de Dios y que sostengan el camino de una vida que nunca tendrá fin. La fe nos llama a ser pueblo de Dios, a ser Iglesia, portadores del amor y de la comunión de Dios para todos, es decir, ser junto a Jesucristo el Pan bajado del cielo, el alimento de Dios Padre para sus hijos.

¿Qué es orar?

Foto: https://nuestrodios.com/oracion-para-milagros/
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Te invitamos a algo tan sencillo como vivir la amistad con Jesús y cultivarla en el silencio, en el encuentro personal … en la oración. Como toda amistad, necesita algunas condiciones para que dure y se haga más fuerte. Para llegar a ser orante necesitas cuidar:

  • Tus relaciones con los demás
  • Tu relación contigo.
  • Tu relación con Jesús.
  • Y algo más: “determinada determinación”. Sólo si comienzas con decisión y entusiasmo, sin importarte las dificultades (que llegarán), con constancia, encontrarás los frutos duraderos de la amistad con Jesús.

Antes de empezar: Pasamos al momento concreto de la oración. Si quieres empezar de cualquier modo, puedes encontrar muchas dificultades. Para “ponernos en situación”, te pueden ayudar estas pequeñas pautas:

 

Busca un ambiente adecuado y silencio: Prepara un texto del Evangelio, quizá un símbolo, un canto o alguna imagen: te ayudará a fijar la atención en Jesús.Toma una postura relajada que te ayude a centrarte, a situarte desde dentro. Poco a poco, toma conciencia de tu respiración, de tu cuerpo, de tu interior para estar en ti sin dispersión. Centra ahora tu atención en Jesús, en su presencia amorosa en ti y en todo.

 

Entrando en la oración: Ahora tienes que encontrar tu propio modo de orar, según tu modo de ser, tu sensibilidad y tu situación. Lo importante está en volvernos a Jesús, contemplarle y penetrar en su misterio con ayuda de su Espíritu.

 

Te pueden servir estas sugerencias:

  • Representarlo vivo en tu interior
  • Mirarle adentrándote en alguna de las escenas evangélicas
  • Contemplar una imagen de Jesús o repetir una frase breve que exprese lo que quieres decirle
  • Recitar muy pausadamente el Padre nuestro, su oración, saboreándola
  • Es bueno discurrir un rato, profundizar, comprender… pero esto no debe ser el centro del orar. La amistad es cosa del corazón.

Más adentro: El centro de nuestra oración es la persona de Jesús. No importa cómo hayas entrado, la clave está en permanecer a su lado, dejarte mirar, escucharle, acoger su luz para conocerle a Él, penetrar en su misterio desde tu propio corazón y dejarte envolver por su presencia.“Estate allí, acallado el entendimiento, mira que te mira, acompáñale y habla y pide y regálate con Él. Pídele que aciertes a contentarle siempre, porque de Él te ha venido todo bien” Es tiempo de recibir el don de Dios, de dejarle a Él la iniciativa para obrar, momento también de responder: Una palabra, un gesto, un sentimiento, una petición. Sobre todo, tiempo de reconocer y agradecer - ¡su amor hace obras grandes! -, tiempo de pedir conocer su voluntad, cómo te sueña Dios en tu vida concreta.

 

Algo se mueve: La oración no es un momento, es un camino. Te irá descubriendo poco a poco quién es Jesús, su misterio, sus valores, su propuesta, sus sentimientos y el amor con que te acoge y te busca… Al mismo tiempo, te ayudará a conocerte personalmente de otro modo, quién eres y cómo vives. Mirar a Jesús y mirarte tal y como Dios te ve y te sueña. No descuides esto, aunque no sea lo central, porque sólo así podemos vivir en la verdad. No hay oración sino en la verdad ¡como la amistad!.

También se irá concretando la llamada que Jesús te hace a vivir en libertad interior, la auténtica que da el Evangelio. Sean cuales sean tus circunstancias, te invita a vivir con Él y como Él. Ser orante es vivir el seguimiento de Jesús con todas las consecuencias.

 

Y ¿después?: Con frecuencia, la oración será tiempo de paz, de alegría interior, de luz… pero no siempre. Tu momento personal, tu situación, el cuestionamiento que encuentras en la oración… hacen que los sentimientos que nacen en la oración sean siempre distintos. No evalúes por esto tu oración. Lo importante es que se produzca el encuentro, que tu actitud sea de atención amorosa y escucha. Recoge las luces que hayas recibido, agradece la presencia del Señor y su amor, la sientas o no. La oración es cuestión de fe, de tiempo, de constancia… y de compromiso. Mira hacia fuera ¿acaso no empiezas a verlo todo de otra manera? Los demás, la vida da cada día, lo que sucede en el mundo tiene ya otros colores, colores de esperanza y de amor. La huella de orar

 

La oración deja huella en nuestro interior, “deja dejos”. No se trata de tener muy buenos deseos, ni de hacer eso que llaman “buenos propósitos”. La oración, como la amistad, es sobretodo un DON, un regalo que, acogido desde el corazón, va haciendo crecer algo nuevo, nos cambia. Y eso se nota por fuera, son esos “dejos confirmados con obras”. Todos los sentimientos que puedan surgir en la oración tienen una importancia relativa. Lo fundamental es que esa obra de Jesús en ti, unida a tu respuesta, se va reflejando en otro modo de estar y actuar en la vida con otros valores, otros criterios, otros sentimientos profundos. Él nos ama sin medida ni condiciones. Amarle no es cosa de palabras bonitas, “sino servir con justicia y fortaleza y humildad”. Buen camino. Fuente: modo de orar según teresa de Jesús. Preparado por el Carmelo Joven para la JMJ 2011 en Madrid.

 

Un repaso a nuestra doctrina con el catecismo básico

La dignidad de la persona

La dignidad del hombre nace del hecho de haber sido creado por Dios a su imagen y semejanza, haber sido reconciliado por Cristo y estar llamado a la Bienaventuranza del Cielo. Es tanta la dignidad del hombre, que el Concilio Vaticano II afirma que el hombre es la "única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma" (Gaudium et Spes, 24,3). El hombre, ayudado por la gracia y usando bien de su libertad, puede identificar su voluntad con la voluntad de Dios, pues "Lo que Dios quiere es siempre lo óptimo" (Santo Tomas Moro a su hija Margarita).

 

¿De dónde nace la dignidad del hombre? La dignidad del hombre nace de ser creado por Dios a su imagen y semejanza, de haber sido reconciliado por Cristo y de estar llamado, mediante la gracia, a alcanzar su plenitud en la bienaventuranza del cielo.

 

¿Cómo puede el hombre llegar a la felicidad del cielo? Mediante el ejercicio de su libertad, practicando el bien, cumpliendo en su vida el amoroso plan que Dios tiene para él.

 

¿Qué es la libertad? La libertad es la capacidad que tiene el hombre de ejecutar por sí mismo acciones deliberadas. La libertad es en el hombre signo eminente de la imagen divina.

 

¿Cuándo la libertad humana alcanza su grado máximo? La libertad humana alcanza su grado máximo cuando el hombre descubre el pan de amor que Dios tiene para él y lo vive plenamente en su actuación diaria.

Moralidad de los actos humanos

La libertad hace del hombre un sujeto moral. Cuando actúa de manera deliberada, el hombre es responsable de sus actos. Los actos humanos, o sea, los actos libremente realizados tras un juicio de conciencia son moralmente buenos o malos. La bondad o maldad de los actos humanos depende de: 1º el objeto elegido, 2º la intención o fin que se busca, y 3º las circunstancias de la acción. La persona humana se ordena a la bienaventuranza por medio de sus actos deliberados; las pasiones o sentimientos que experimenta pueden disponerle o contribuir a ello, pero en sí mismas las pasiones son no buenas ni malas; sólo reciben calificativo moral en la medida en que depende de la razón y de la voluntad.

 

¿Qué son los actos humanos? Los actos humanos son los actos libres del hombre.

 

¿Cómo se califican moralmente los actos libres del hombre? Los actos libres del hombre pueden ser actos moralmente buenos o moralmente malos, pero nunca indiferentes.

 

¿De qué depende la bondad o maldad de un acto humano? La bondad o maldad de un acto humano depende del objeto elegido, de la intención o fin que se busca y de las circunstancias de la acción.

 

¿Qué se requiere para que un acto sea moralmente bueno? Para que un acto sea moralmente bueno se requiere a la vez que sea bueno en el objeto, en el fin y en las circunstancias.

 

¿Un fin bueno justificaría el uso de unos medios malos? Nunca, un fin bueno jamás justificaría el uso de unos medios malos, porque el acto sería malo siempre; por consiguiente, no está permitido hacer un mal para obtener un bien.

 

¿Sólo la inteligencia y la voluntad intervienen en los actos humanos deliberados? No, intervienen también las pasiones, que son impulsos de la sensibilidad, y según dependan o no de la razón y de la voluntad, hay en las pasiones bien o mal moral.

 


Fiesta de la Virgen del Carmen: la fiesta del amor

El lunes 16 de julio, la Orden de los Carmelitas Descalzos celebró la solemnidad de la Virgen del Carmen con los hermanos frailes y las carmelitas misioneras, parte de la gran familia carmelitana. Posteriormente, las comunidades OCDS de Bogotá compartieron una deliciosa torta y una copa de vino, expresando la gran alegría y orgullo de tener a María como nuestra madre, hermana y ejemplo de servicio diligente, apasionado, destinado a durar hasta la muerte. ¡Gracias por mostrarnos cada día a tu hijo dulce Virgen del Carmelo!