¡Brisa pura y fresca que renuevas los corazones!


Lectura del santo evangelio según san Juan (20,19-23)

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:«Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Palabra del Señor.

 

Entra hasta fondo del alma, divina luz; Esta es una de las exclamaciones propias de la secuencia que proclamamos en esta fiesta de la Iglesia, haciendo alusión al poder del Espíritu de Dios y cómo acontece en la vida del hombre; en ella clamamos para que la luz divina disipe las tinieblas y sombras del interior humano. Celebramos en este domingo la fiesta de Pentecostés, la gran solemnidad del Espíritu Santo; don sagrado que recibimos desde el bautismo y que nos permite reconocer que como creaturas no somos vacíos, porque Él nos habita y que su aliento (según la secuencia) disipa las fuerzas del pecado. En el Evangelio de Juan, se muestra como el legado del Resucitado es el mismo Espíritu como don para la vida de quienes le aman y siguen, no obstante, desde la experiencia de los discípulos, reconocerlo, lleva un trabajo interior de apertura, disponibilidad y determinación; ya que tras la muerte del Señor solo se experimenta la soledad y la frustración. El evangelista enmarca en un atardecer el encuentro, ya que es la instancia transitoria entre la luz y la oscuridad; así se hallaba el corazón de los discípulos, hasta el punto de estar reunidos con la puerta cerrada; el mismo texto en su traducción indica que “tiene llave desde dentro”. La cerrazón del corazón de los discípulos le impide reconocerlo y a esto se le suma el temor de correr la misma suerte; todo esto es porque no han tenido un encuentro personal con el resucitado.

 

Muchas veces actualizamos esta situación en nuestra vida fe, cuando nos dejamos amedrentar por las circunstancias de la vida y cerramos el corazón a la providente acción amorosa del Señor, vivimos en contantes tiempos de pasión y muerte alimentando la vida de temores, impidiéndonos la libertad interior que nos ofrece la fe en el Resucitado. Solo cuando nos permitimos reconocerlo habitando en medio de nuestra existencia, se pueden degustar los regalos que su presencia liberadora genera en nuestro interior. En primera instancia la paz, esta no la da como la da el mundo, esto es, no es la paz como ausencia de conflicto, que comúnmente manejamos, es más bien, la paz que genera la nueva alianza con Dios, que nos permite sentir que le pertenecemos y que en Él está el consuelo; “concluiré con ellos una alianza de paz, que será para ellos una alianza eterna” (Ez 37, 26). Sabiendo que el crucificado es el mismo resucitado, porque lo hemos reconocido al ver sus llagas resplandecientes, nos vemos avocados hacer nuestra profesión de fe pascual en el Dios vivo en medio de nosotros. Así mismo por ese llamado en nuestra vocación de cristianos, somos enviados a manifestar y proclamar esa Buena nueva con nuestra vida.

 

De igual manera el Resucitado sopla sobre nosotros haciéndonos parte de la nueva creación, somos nuevas creaturas en Él, en cuya novedad esta la comunión con su pueblo y en la que consolidamos la vida de la Iglesia. Seguidamente nos regala el Espíritu Santo como el cumplimiento de las promesas de Dios, dándonos la certeza que siempre está en y con nosotros inhabitando nuestra existencia. Y finalmente el perdón de los pecados, que en perspectiva de Juan es la gracia y capacidad que tenemos de no vincularnos al pecado en orden de lo injusto y de no permitir que esa realidad permanezca en el corazón del hombre. Es así, como Pentecostés es una fiesta trinitaria en la que el anfitrión es el Espíritu, reforzando nuestra confesión de fe y en la que como el dulce huésped del alma reparte sus siete dones, salvando al que busca salvarse, dándonos su gozo eterno. Fray Elibert Salcedo OCD.

 

5 cosas debemos saber sobre el Espíritu Santo

Foto: http://oracionyliturgia.archimadrid.org/
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Pentecostés es el día en que los cristianos recuordamos cuando Jesús, después de su Ascensión al cielo, envió al Espíritu Santo a sus discípulos. Posteriormente los apóstoles salieron a las calles de Jerusalén y comenzaron a predicar el Evangelio, y "los que acogieron su Palabra fueron bautizados. Aquel día se les unieron unas 3.000 almas." (Hechos 2:41)

 

 

1) El Espíritu Santo es una persona

El Espíritu Santo no es una "cosa" o un "qué", el Espíritu Santo es un "Él" y un "quién". Él es la tercera persona de la Santísima Trinidad, aunque pueda parecer más misterioso que el Padre y el Hijo, es tan persona como ellos.

 

2) Es completamente Dios

Que el Espíritu Santo sea la "tercera persona de la Trinidad" no significa que sea inferior que el Padre o el Hijo. Las tres personas, incluyendo el Espíritu Santo, son totalmente Dios y “tienen una sola divinidad, gloria igual y coeterna majestad”, como dice el Credo de Atanasio.

 

3) Siempre ha existido, incluso en los tiempos del Antiguo Testamento

Aunque aprendemos la mayoría de cosas sobre Dios-Espíritu Santo (así como de Dios-Hijo) en el Nuevo Testamento, Éste siempre ha existido. Dios existe eternamente en tres personas. Así que, cuando lea acerca de Dios en el Antiguo Testamento, recuerde que se trata de las tres personas de la Trinidad, entre ellos el Espíritu Santo.

 

4) En el Bautismo y la Confirmación se recibe el Espíritu Santo

El Espíritu Santo puede estar activo en el mundo de formas misteriosas y que no siempre se comprenden. Sin embargo, una persona recibe el Espíritu Santo de una manera especial por primera vez en el Bautismo (Hechos 2:38), y luego es fortalecido en sus dones en la Confirmación.

 

5) Los cristianos somos templos del Espíritu Santo

Los cristianos tenemos al Espíritu Santo que habita en nosotros de una manera especial, y por lo tanto, existen graves consecuencias morales, como explica San Pablo:

 

“Huyan de las relaciones sexuales prohibidas. Cualquier otro pecado que alguien cometa queda fuera de su cuerpo, pero el que tiene esas relaciones sexuales peca contra su propio cuerpo ¿No saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que han recibido de Dios y que está en ustedes? Ya no se pertenecen a sí mismos. Ustedes han sido comprados a un precio muy alto; procuren, pues, que sus cuerpos sirvan a la gloria de Dios”. (1 Cor 6:18-20)

 

Hacer el bien y evitar el mal es vivir en la ascención

Foto: https://www.parroquias-manga.org
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Lectura del santo evangelio según san Marcos (16,15-20).

 

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: «ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.» Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban. Palabra del Señor.

 

Reflexión

 

Juan Brahms (1833-1897), músico alemán de inmensa dulzura y profundidad, escribió: “Jamás me sentí abatido, jamás las penas me entristecieron. Las canciones más lindas se me ocurrieron cuando limpiaba las botas antes de amanecer”. Hay muchas maneras de ascender. Una, sobreponerse a las desventuras de la condición humana. Quien así lo hace, como el músico alemán, participa aun sin darse cuenta en el asombroso acontecimiento de la Ascensión.

 

Ascensión viene de ascender, que es subir de un sitio a otro más alto. Asciendo cuando subo, cuando voy hacia arriba, cuando remonto, y remontar es superar obstáculos o dificultades, y también subir una pendiente o sobrepasarla. Lo que pasa en el campo físico, geográfico, pasa también en el campo afectivo, espiritual. En todo ascenso corporal participa también el alma, y en todo ascenso del alma participa también el cuerpo. Entre ambos la relación es esencial y dinámica. Hacer el bien y evitar el mal es vivir la Ascensión.

 

Un vidente escribía en el silencio de la noche: “Sin irte te has marchado / de mí calladamente”. Sobrecogido por la inespacialidad e inefabilidad del misterio, el éxtasis no le permitió continuar su poema. Otro vidente fue más atrevido. “Aquí quedó sonando el aire puro / cuando te fuiste, cadencioso dejo / hay en las lejanías del espejo / y suena como un arpa todo el muro”. El que se va, el que asciende, sigue presente de otra manera, suave, amoroso, silencioso.

 

Jesús es Dios que nace, vive, muere y resucita como hombre verdadero. Y al resucitar, que es alcanzar la plenitud de la vida divina, de la cual procede, dice a sus discípulos: “me voy para volver” (Juan 14,28). El que se va, se mantiene volviendo. Y cada uno percibe al imperceptible en la medida en que cultiva su corazón. Quien vive esta presencia invisible se llama místico.

 

En la Ascensión, Jesús no se ausenta, cambia su forma de presencia. Para él, que ha vivido en el tiempo y el espacio de los hombres, ascender es comenzar a estar presente de modo invisible e intangible en todo tiempo y en todo lugar. La alegría que experimentaron los peregrinos de Emaús era plena garantía de esa presencia invisible, que los llevaba a preguntarse delirantes: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?” (Lucas 24, 32).

 

Dios es la altura, y quien cultiva la relación de amor con Él, participa de su vida divina, la Ascensión, el prodigio que pertenece a la trama de la vida cotidiana, consistente en hacer el bien y evitar el mal. P. Hernando Uribe Carvajal OCD

 

Los frutos de la santidad

Foto: https://livingnow.com.au
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Santo evangelio según san Juan (15,9-17):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.» Palabra del Señor.

 

Reflexión

 

Para dar fruto: nuestro Padre Dios nos creó para que demos frutos abundantes y duraderos, la parábola de la vid y los sarmientos quiere mostrar al discípulo la necesidad de estar unido a Jesús para poder dar frutos, pero requiere no sólo la unión sino permanecer en ella.

 

Un solo Espíritu

 

La unión con el Señor es posesión de su espíritu en el alma: quien se une al Señor se hace un solo espíritu con El. Dios vive y actúa en esa persona, de ahí que sus obras, sus acciones y frutos perduren, porque es Dios mismo el que los realiza: “Ni siquiera somos capaces de pensar que algo proceda de nosotros, sino que nuestra capacidad proviene de Dios” (2 Cor. 3,5)

 

Alcanzar la unión

 

Lo primero que hemos de alcanzar es la unión, un don que se puede recibir por gracia, es cierto, pero también se ha de colaborar  practicando las virtudes sólidas que nos ha enseñado santa Teresa de Jesús: Desasimiento, amor, humildad y determinación o como lo aclara de otra forma san Juan de la Cruz: la unión con Dios se alcanza en la soledad, pobreza, humildad, desnudez y pureza del alma que hace sólo y busca sólo el cumplimiento de la voluntad divina, una voluntad plenamente entregada a hacer sólo lo que Dios quiere.

 

Permanecer unidos a Jesús por medio del Espíritu

 

En segunda instancia se nos invita a permanecer, es decir, no unos días, una temporada sino cada instante de la existencia: dice, sobre esta palabra Santa Isabel de la Trinidad: “permaneced en mí, no ya solo unos instantes, una horas pasajeras, sino permaneced de un modo ininterrumpido, habitual, permaneced en mí, orad en mí, adorad en mí, amad en mí, sufrid en mí, antes de presentaros a cualquier persona o cosa, adentraos en mi por medio del recogimiento, en esa profundidad. Tal es la soledad en la que Dios quiere hablarnos al corazón”. Hemos de permanecer en el abismo de nuestro ser sobrecogido por la misericordia, en esa pequeñez, en ese amor hemos de estar, vivir, instaurados en la esencia divina.

 

En un amor así como el de Dios

 

No se nos dice que permanezcamos en nuestro amor, en nuestra manera interesada y limitada de amar, sino en esa ilimitada capacidad de misericordia que tiene Dios con cada criatura y que la ha revelado en su Hijo crucificado.  Permanecer  en esa manera de amar de Dios. Pensando en los demás como Dios, antes de crearnos, conservándonos en la existencia, redimiéndonos, dándonos su propio ser divino, la vida eterna. Dándose sin medida: En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene en que Dios mandó a su hijo único para que vivamos por medio de El,  como propiciación de nuestros pecados. En ese amor hemos sido invitados a vivir, a permanecer.

 

Los frutos de la unión

 

El ejercicio de la oración de recogimiento y el olvido de sí nos prepara, como al apóstol Pedro, para estar llenos del Espíritu Santo y producir un fruto impensable para los judíos: que al predicar a los paganos, también ellos, recibieran la gracia del Espíritu que nos salva, la vida divina. En fin: todo apostolado evangelizador ha de brotar de esta unión con Dios, el trabajo primero es buscarla, alcanzarla y después salir a anunciar la victoria de nuestro Dios, su salvación.

Yo soy la vid

Foto: http://www.eldiaonline.com
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Primera Lectura: Hechos de los apóstoles (9,26-31):

En aquellos días, llegado Pablo a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos, pero todos le tenían miedo, porque no se fiaban de que fuera realmente discípulo. Entonces Bernabé se lo presentó a los apóstoles. Saulo les contó cómo había visto al Señor en el camino, lo que le había dicho y cómo en Damasco había predicado públicamente el nombre de Jesús. Saulo se quedó con ellos y se movía libremente en Jerusalén, predicando públicamente el nombre del Señor. Hablaba y discutía también con los judíos de lengua griega, que se propusieron suprimirlo. Al enterarse los hermanos, lo bajaron a Cesaréa y lo enviaron a Tarso. La Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaria. Se iba construyendo y progresaba en la fidelidad al Señor, y se multiplicaba, animada por el Espíritu Santo. Palabra de Dios

 

Segunda Lectura: primera carta del apóstol san Juan (3,18-24)

Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras. En esto conoceremos que somos de la verdad y tranquilizaremos nuestra conciencia ante él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo. Queridos, si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios. Y cuanto pidamos lo recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio. Palabra de Dios.

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (15,1-8):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.» Palabra del Señor

 

Reflexión

 

Estamos ya en el quinto domingo del tiempo pascual y nos encontramos con unos textos que nos actualizan el camino de la pascua, la unión con el Resucitado y esto lo vemos explícito en la liturgia de la palabra de este domingo. La primera lectura nos sitúa junto con Pablo en Jerusalén, pero esta escena tiene una novedad, ya no es -Saulo- él fariseo radical que perseguía a los cristianos, ahora es Pablo el que camino de Damasco se ha convertido y aunque los discípulos dudan Bernabé sale a dar fe de dicha conversión. Esta escena también aplica en nuestra vida, muchas veces no somos conscientes de las faltas, errores o palabras salidas de contexto que en el pasado dijimos, y hoy somos cuestionados o juzgados por esas acciones del ayer. Pero eso no nos debe desmotivar todos tenemos una segunda oportunidad y a eso fue lo que apelo Bernabé a crear en medio de esta comunidad la hermandad. El tener siempre una nueva oportunidad.

 

Así mismo, la segunda lectura nos hace una invitación a examinarnos en el AMOR desde la verdad de aquel que nos amó hasta el extremo. Tenemos plena confianza ante Dios; y cuanto pidamos lo recibiremos de Él. Tres palabras nos dan la muestran de ese amor sin límites seguros de que sus planes son mejores que los nuestros. Es una triada de seguridad. TENER, CONFIANZA Y PEDIR. Se proponen como sentido de pertenencia a un Dios que no se cansa ni descansa en brindarnos su vida misma.  Esta confianza nos pone en actitud de búsqueda como dice el salmista “así como la sierva busca corrientes de agua viva así mi alma te busca a ti Dios mío”. Sabiendo que el Señor Jesús permanece Con nosotros. Es el maestro el que nos invita a permanecer, a descansar, a estar con Él a través de la intimidad misma de la oración o del apostolado que realizamos y esta intimidad nos lleva a comprender el Evangelio de este Domingo, ya que nos actualiza esa bella imagen de la vid empleada en el Antiguo Testamento para significar al pueblo de Israel.  El Papa Juan Pablo II en la Audiencia del 10 de abril del 2002 nos hace una bella explicación del Salmo 80 en sus versículos 9 y siguientes. Donde nos presenta la imagen de la viña, evocando de nuevo las etapas principales de la historia judía: sus raíces, la experiencia del éxodo de Egipto y el ingreso en la tierra prometida. La viña había alcanzado su máxima extensión en toda la región palestina, y más allá, con el reino de Salomón. En efecto, se extendía desde los montes septentrionales del Líbano, con sus cedros, hasta el mar Mediterráneo y casi hasta el gran río Éufrates (cf. vv. 11-12); pero el esplendor de este florecimiento había pasado ya. El Salmo nos recuerda que sobre la viña de Dios se abatió la tempestad, es decir, que Israel sufrió una dura prueba, una cruel invasión que devastó la tierra prometida. Dios mismo derribó, como si fuera un invasor, la cerca que protegía la viña, permitiendo así que la saquearan los viandantes, representados por los jabalíes, animales considerados violentos e impuros, según las antiguas costumbres [1]. Ahora, al hablar de los sarmientos, se expresa la íntima amistad de Jesús y de quienes estamos unidos a Él, formando el pueblo santo de Dios, cuya cabeza es Cristo.  Esta amistad nos lleva a producir fruto. El cual no es sólo pertenecer a una comunidad, sino que debe llevar una coherencia de vida, que lleve a animar al creyente y nos capacite para dar frutos de vida eterna. “Siempre he visto en mi Dios harto mayores y más crecidas muestras de amor de lo que yo he sabido pedir ni desear”. Sta. Teresa de Jesús. 

En síntesis, hermanos, al dar una mirada sobre los textos de este domingo, dispongamos nuestros corazones para dejar que, en la intimidad divina, Dios siga actuando y siga haciendo de nosotros el pueblo escogido y le digamos, permanece señor en medio de nuestras familias, nuestras comunidades y hermanos que te necesitan con la convicción de que con Él daremos frutos siempre nuevos aun en medio de nuestras falencias humanas.

 

Sonsón, Antioquia 29 de abril del 2018.   

 

Soy yo, en persona

Santo evangelio según san Juan (20,19-31)

En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros.» Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Él les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.»Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo que comer?»Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: «Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse.»Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto.»Palabra de Dios.

 

Reflexión

 

 

En la liturgia de este tercer  domingo de Pascua descubrimos que al que ama a Dios no le queda complicado “guardar” o cumplir sus mandamientos porque entiende que están hechos para el bien, para alcanzar la paz y la libertad. El que ama jamás se siente condicionado por quien le ama porque sabe que en la renuncia, en la apertura y en la entrega está la mayor felicidad. La manera que nosotros tenemos de “mostrar” al mundo el amor que tenemos a Dios es precisamente haciendo lo que Él nos pide y de manera muy especial lo que nos pide en su Hijo que es que “nos amemos los unos a los otros como Jesús nos ha amado”. Es desde el amor a Dios entonces que nosotros amamos con libertad, entendemos la realidad de los demás y los acogemos desde el corazón con misericordia y respeto.

 

Hombres y mujeres llenos de Dios, enamorados de Dios y dando testimonio de Él en el mundo a través del amor con el que aman y acogen a los demás, son las personas que Jesús necesita para que el anuncio continúe, la buena noticia se proclame y la invitación a la conversión para el perdón de los pecados se haga con mayor insistencia. La insistencia a salir, a dejar los miedos, a entender que Jesús sigue vivo y que el proyecto va adelante es importante. La comunidad tiene que configurarse con la certeza de la resurrección, tiene que llenarse de esperanza al saber que Jesús está con ellos y tiene que fortalecerse con el Espíritu Santo que reciben para la misión. Ya ha pasado el dolor, ahora nos toca mostrar al mundo que el Evangelio toca corazones, transforma vidas y que el amor que nace del encuentro con Jesús nos hace amantes y al mundo lo hace capaz de un cambio radical en el que la diferencia se vive en paz y se asume desde la experiencia de Dios que es bueno con todos, que a todos ama y que de todos espera los mejores frutos.

 

Al mundo le hace falta Dios, al mundo le hace falta amar desde Dios, al mundo le hace falta convertirse y tomar la decisión de vivir sin pecado. Por eso al mundo hay que predicarle el Evangelio, hay que enamorarlo de Dios, hay que llenarlo de esperanza y de fuerza y hay que hacerlo capaz, desde Jesús, de romper el espiral del odio, de la venganza, de la violencia. Al mundo le hace falta de nuevo encontrarse con Jesús, tocarlo, escucharlo; sentarse con Jesús, alimentarse de la Eucaristía y trabajar juntos por proyectos de vida y de resurrección es por todo esto que los cristianos no podemos seguir encerrados, con miedos o sintiendo que nada puede cambiar el mundo. Vamos adelante, salgamos que Jesús nos acompaña y sigue partiendo para nosotros el pan.

 

Con mi bendición,

 

P. Jaime Alberto Palacio González, O.C.D

 

No es un cuento, ni una historia bonita, en verdad...¡resucitó!

Santo evangelio según san Lucas (24,35-48)

Foto: http://www.archisevillasiempreadelante.org
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Santo evangelio según San Juan (20,1-9)

EL primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:  «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos. Palabra del Señor.

 

Reflexión

 

En este camino pascual, Dios nos va mostrando la belleza de la resurrección, Jesús quien padeció y murió en la cruz es el mismo que Dios Padre ha resucitado. Cada uno de nosotros sigue las huellas de Jesús y ansia en su corazón un encuentro íntimo con Él, para saber que después de sufrir y esforzarnos por la vida alcanzaremos la gloria con El. 

 

El relato nos presenta la figura de María Magdalena, mujer en la que nos podemos ver reflejados cada uno de nosotros, que siente en lo más hondo del corazón que el Señor lo llama y al no encontrarlo se angustia, realidad que es nuestra, segados por nuestros dolores y la rutina, por las dificultades personales y comunitarias no sabemos dónde está el Señor, olvidamos su llamada, la voz que encendió nuestro corazón para seguirlo, para hacer de nuestra vida una obra de Arte.

 

La resurrección nos fortalece y anima al saber que nuestro Dios no es de muertos sino de vivos y que con El todos tenemos la herencia eterna, este acontecimiento divino nos pone en la realidad de una experiencia de amor eterno, que está llamado a la donación, a la entrega definitiva y nos enseña que solo podemos resucitar cuando pasamos por la pasión y la muerte.

 

Muchos hermanos nuestros quieren vivir una espiritualidad liviana, donde el sufrimiento y dolor no estén presenten en la glorificación que Dios nos tiene preparada, quieren vivir siempre en “las nubes” que todo sea angelical; sin embargo, esa no es la realidad del cristiano, pues siguiendo las huellas de Cristo sabemos que asumimos los dolores de Cristo, pero no como carga sino como unidad con El. Al unirnos nos volvemos Uno y también nos vincula a su Amor eterno. La Resurrección nos diviniza permitiéndonos ser su imagen y proyectando su Ser a todos quienes nos rodean y así la salvación se hace real y posible para todos porque no se reserva nada, pues nosotros con la nueva vida somos portadores de amor y belleza infinitas e inagotables.

 

Pidámosle al Señor en este día Domingo de Resurrección que nos acompañe siempre, que nos transformemos en El para que nunca más nos angustiemos por no saber dónde estás.

 

Feliz Semana.

Fray César Aristizabal OCD.            

 

Al crecer la maldad se enfriará el amor...

Foto: http://fmcorazon.org/
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Una vez más nos sale al encuentro la Pascua del Señor. Para prepararnos a recibirla, la Providencia de Dios nos ofrece cada año la Cuaresma, «signo sacramental de nuestra conversión», que anuncia y realiza la posibilidad de volver al Señor con todo el corazón y con toda la vida.

 

Como todos los años, con este mensaje deseo ayudar a toda la Iglesia a vivir con gozo y con verdad este tiempo de gracia; y lo hago inspirándome en una expresión de Jesús en el Evangelio de Mateo: «Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (24,12).

 

Esta frase se encuentra en el discurso que habla del fin de los tiempos y que está ambientado en Jerusalén, en el Monte de los Olivos, precisamente allí donde tendrá comienzo la pasión del Señor. Jesús, respondiendo a una pregunta de sus discípulos, anuncia una gran tribulación y describe la situación en la que podría encontrarse la comunidad de los fieles: frente a acontecimientos dolorosos, algunos falsos profetas engañarán a mucha gente hasta amenazar con apagar la caridad en los corazones, que es el centro de todo el Evangelio.

 

Los falsos profetas

 

Escuchemos este pasaje y preguntémonos: ¿qué formas asumen los falsos profetas? Son como «encantadores de serpientes», o sea, se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren. Cuántos hijos de Dios se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se le confunde con la felicidad. Cuántos hombres y mujeres viven como encantados por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos. Cuántos viven pensando que se bastan a sí mismos y caen presa de la soledad.

 

Otros falsos profetas son esos «charlatanes» que ofrecen soluciones sencillas e inmediatas para los sufrimientos, remedios que sin embargo resultan ser completamente inútiles: cuántos son los jóvenes a los que se les ofrece el falso remedio de la droga, de unas relaciones de «usar y tirar», de ganancias fáciles pero deshonestas. Cuántos se dejan cautivar por una vida completamente virtual, en que las relaciones parecen más sencillas y rápidas pero que después resultan dramáticamente sin sentido. Estos estafadores no sólo ofrecen cosas sin valor sino que quitan lo más valioso, como la dignidad, la libertad y la capacidad de amar. Es el engaño de la vanidad, que nos lleva a pavonearnos… haciéndonos caer en el ridículo; y el ridículo no tiene vuelta atrás. No es una sorpresa: desde siempre el demonio, que es «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44), presenta el mal como bien y lo falso como verdadero, para confundir el corazón del hombre. Cada uno de nosotros, por tanto, está llamado a discernir y a examinar en su corazón si se siente amenazado por las mentiras de estos falsos profetas. Tenemos que aprender a no quedarnos en un nivel inmediato, superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios y ciertamente sirven para nuestro bien.

 

Un corazón frío

 

Dante Alighieri, en su descripción del infierno, se imagina al diablo sentado en un trono de hielo; su morada es el hielo del amor extinguido. Preguntémonos entonces: ¿cómo se enfría en nosotros la caridad? ¿Cuáles son las señales que nos indican que el amor corre el riesgo de apagarse en nosotros?

 

Lo que apaga la caridad es ante todo la avidez por el dinero, «raíz de todos los males» (1 Tm 6,10); a esta le sigue el rechazo de Dios y, por tanto, el no querer buscar consuelo en él, prefiriendo quedarnos con nuestra desolación antes que sentirnos confortados por su Palabra y sus Sacramentos. Todo esto se transforma en violencia que se dirige contra aquellos que consideramos una amenaza para nuestras «certezas»: el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas.

 

También la creación es un testigo silencioso de este enfriamiento de la caridad: la tierra está envenenada a causa de los desechos arrojados por negligencia e interés; los mares, también contaminados, tienen que recubrir por desgracia los restos de tantos náufragos de las migraciones forzadas; los cielos —que en el designio de Dios cantan su gloria— se ven surcados por máquinas que hacen llover instrumentos de muerte.

 

El amor se enfría también en nuestras comunidades: en la Exhortación apostólica Evangelii Gaudium traté de describir las señales más evidentes de esta falta de amor. estas son: la acedia egoísta, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse y de entablar continuas guerras fratricidas, la mentalidad mundana que induce a ocuparse sólo de lo aparente, disminuyendo de este modo el entusiasmo misionero.

 

 

¿Qué podemos hacer?

 

Si vemos dentro de nosotros y a nuestro alrededor los signos que antes he descrito, la Iglesia, nuestra madre y maestra, además de la medicina a veces amarga de la verdad, nos ofrece en este tiempo de Cuaresma el dulce remedio de la oración, la limosna y el ayuno.

 

El hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos, para buscar finalmente el consuelo en Dios. Él es nuestro Padre y desea para nosotros la vida.

 

El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que, como cristianos, me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los Apóstoles y viésemos en la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás un testimonio concreto de la comunión que vivimos en la Iglesia. A este propósito hago mía la exhortación de san Pablo, cuando invitaba a los corintios a participar en la colecta para la comunidad de Jerusalén: «Os conviene» (2 Co 8,10). Esto vale especialmente en Cuaresma, un tiempo en el que muchos organismos realizan colectas en favor de iglesias y poblaciones que pasan por dificultades. Y cuánto querría que también en nuestras relaciones cotidianas, ante cada hermano que nos pide ayuda, pensáramos que se trata de una llamada de la divina Providencia: cada limosna es una ocasión para participar en la Providencia de Dios hacia sus hijos; y si él hoy se sirve de mí para ayudar a un hermano, ¿no va a proveer también mañana a mis necesidades, él, que no se deja ganar por nadie en generosidad?

 

El ayuno, por último, debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer. Por una parte, nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre; por otra, expresa la condición de nuestro espíritu, hambriento de bondad y sediento de la vida de Dios. El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre.

 

Querría que mi voz traspasara las fronteras de la Iglesia Católica, para que llegara a todos ustedes, hombres y mujeres de buena voluntad, dispuestos a escuchar a Dios. Si se sienten afligidos como nosotros, porque en el mundo se extiende la iniquidad, si les preocupa la frialdad que paraliza el corazón y las obras, si ven que se debilita el sentido de una misma humanidad, únanse a nosotros para invocar juntos a Dios, para ayunar juntos y entregar juntos lo que podamos como ayuda para nuestros hermanos.

 

 

El fuego de la Pascua

 

Invito especialmente a los miembros de la Iglesia a emprender con celo el camino de la Cuaresma, sostenidos por la limosna, el ayuno y la oración. Si en muchos corazones a veces da la impresión de que la caridad se ha apagado, en el corazón de Dios no se apaga. Él siempre nos da una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo.

 

Una ocasión propicia será la iniciativa «24 horas para el Señor», que este año nos invita nuevamente a celebrar el Sacramento de la Reconciliación en un contexto de adoración eucarística. En el 2018 tendrá lugar el viernes 9 y el sábado 10 de marzo, inspirándose en las palabras del Salmo 130,4: «De ti procede el perdón». En cada diócesis, al menos una iglesia permanecerá abierta durante 24 horas seguidas, para permitir la oración de adoración y la confesión sacramental.

 

En la noche de Pascua reviviremos el sugestivo rito de encender el cirio pascual: la luz que proviene del «fuego nuevo» poco a poco disipará la oscuridad e iluminará la asamblea litúrgica. «Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu», para que todos podamos vivir la misma experiencia de los discípulos de Emaús: después de escuchar la Palabra del Señor y de alimentarnos con el Pan eucarístico nuestro corazón volverá a arder de fe, esperanza y caridad.

 

Los bendigo de todo corazón y rezo por ustedes. No se olviden de rezar por mí.

 

S.S Francisco

Vaticano, 1 de noviembre de 2017

Solemnidad de Todos los Santos

 

Puedes ver y escuchar el mensaje en este video:

Un repaso a nuestra doctrina

Foto: http://libreriasanbernardo.cl/
Foto: http://libreriasanbernardo.cl/

 

Segunda parte: la celebración del misterio cristiano

 

1

 

 

 

Los Sacramentos de la Iglesia

 

Jesucristo, en su amor infinito a los hombres, instituyó los siete sacramentos, por medio de los cuales llegan hasta nosotros los bienes de la redención. Los Sacramentos son eficaces en sí mismos, porque en ellos actúa directamente Cristo. En cuanto signos externos también tiene una finalidad pedagógica: alimenta, fortalecen y expresan la fe. Cuanto mejor es la disposición de la persona que recibe los sacramentos, más abundantes son los frutos de la gracia.

 

¿Qué son los sacramentos?

Son signos eficaces de la gracia, instituidos por Jesucristo y confiados a la Iglesia, por los cuales no es dispensada la vida divina.

 

¿Cuántos y cuáles son los sacramentos?

Los sacramentos son siete, a saber: Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia, Unción de los enfermos, Orden sacerdotal, y Matrimonio.

 

¿Qué es el carácter sacramental?

El carácter sacramental es un sello espiritual que configura con Cristo al que lo recibe. Por ello, se trata de un sello indeleble, es decir, permanente y, por tanto, el cristiano los recibe una sola vez en la vida.

 

¿Cuáles son los sacramentos que imprimen carácter?

 

Son: Bautismo, Confirmación y orden Sacerdotal.

 

 

El Bautismo

 

Nuestros padres nos dieron la vida natural del cuerpo, pero Dios nos da el alma y nos destina, además, a una vida sobrenatural; nacemos privados de ella por el pecado original, heredado de Adán. El bautismo borra el pecado original, nos da la fe y la vida divina, y nos hace hijos de Dios. La Santísima Trinidad toma posesión del alma y comienza a santificarnos. Según el plan de amor del Señor, el bautismo es necesario para la salvación.

 

¿Qué es el bautismo?

Es el sacramento por el que renacemos a la vida divina y somos hechos hijos de Dios.

 

¿Por qué el bautismo es el primero de los sacramentos?

Es el primero de los sacramentos porque es la puerta que abre el acceso a los demás sacramentos, y sin él no se puede recibir ningún otro.

 

¿Qué efectos produce el bautismo?

Los efectos que produce el bautismo son: perdona el pecado original, y cualquier otro pecado, con las penas debidas por ellas. Se nos dan las tres divinas personas junto con la gracia santificante. Infunde la gracia santificante, las virtudes sobrenaturales y los dones del Espíritu Santo. Imprime en el alma el carácter sacramental que nos hace cristianos para siempre. Nos incorpora a la Iglesia.

 

¿El bautismo es necesario para la salvación?

Según el plan del Señor, el bautismo es necesario para la salvación, como lo es la Iglesia misma, a la que introduce el bautismo.

 

¿Quién puede bautizar?

Ordinariamente puede bautizar el obispo, el sacerdote y el Diácono, pero en caso de necesidad puede hacerlo cualquier persona que tenga intención de hacer lo que hace la Iglesia.

 

¿Cómo se bautiza?

Se bautiza derramando agua sobre la cabeza y diciendo: "Yo te Bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo".

 

¿Qué es el Catecumenado?

Es la preparación que deben recibir aquellos que van a bautizarse habiendo alcanzado el uso de la razón.

 

 

Primera parte: la obra de la reconciliación

 

6

 

La resurrección de la carne

 

Como consecuencia del pecado original, nuestra vida en la tierra termina con la muerte. Adán pecó y entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte.

 

Pero no todo termina con la muerte. El alma, que es inmortal, se separa del cuerpo, pero sigue viviendo y recibe de Dios el premio o castigo merecido por sus obras hechas durante su vida terrena. Al fin del mundo resucitarán nuestros propios cuerpos y se unirán a sus almas. Entonces nuestro Señor Jesucristo vendrá con gloria y majestad a juzgar a todos los hombres, unidas ya las almas a sus propios cuerpos, para nunca más morir.

 

¿Qué es la muerte?

La muerte es la separación del alma y del cuerpo.

 

¿Qué quiere decir resurrección de la carne?

Resurrección de la carne quiere decir que, como Cristo resucitó, así también nosotros resucitaremos al fin del mundo, volviendo a unirse nuestras almas con nuestros propios cuerpos, para nunca más morir.

 

¿Para qué resucitará nuestro cuerpo?

Nuestro cuerpo resucitará para ser juzgado juntamente con nuestra alma y recibir el premio o castigo eterno según hayan sido las obras que hiciera el hombre con su cuerpo y su alma.

 

La vida eterna

 

En la hora de la muerte, los que están totalmente limpios de pecado van al cielo para siempre. Los que mueren en gracia de Dios, pero con alguna mancha de pecado o deuda por los pecados perdonados, antes van al Purgatorio para purificarse totalmente.

 

Los que mueren en pecado mortal, y por tanto separados de Dios, van al infierno, donde serán castigados eternamente por haber rechazo a Dios.

 

¿Qué es el juicio particular?

El juicio particular es el que Dios hace al hombre, inmediatamente después de su muerte, para darle premio o castigo según sus obras.

 

¿En qué consiste el Cielo?

El cielo consiste en ver, amar y poseer definitivamente a Dios, gozando de su infinito bien y, con El, de todos los demás bienes sin mezcla de mal alguno.

 

¿Quiénes van al cielo?

Van al cielo los que mueren en gracia de Dios.

 

¿A que llama la Iglesia Purgatorio?

La iglesia llama purgatorio a la purificación de los que mueren en gracia de Dios, sin haber satisfecho por sus pecados; con un castigo distinto al de los condenados, se prepara para entrar en el cielo.

 

¿Cómo podemos ayudar a las almas del purgatorio?

Podemos ayudar a las almas del purgatorio con oraciones, buenas obras, indulgencias, y especialmente con la Santa Misa.

 

¿Qué es el Infierno?

El Infierno es la privación definitiva de Dios y la condenación por el fuego eterno con el sufrimiento de todo mal sin mezcla de bien alguno, porque no hay amor, sino soledad externa.

 

¿Quiénes van al Infierno?

'Van al infierno los que mueren en pecado mortal, porque rechazaron la gracia de Dios.

 

¿Qué es el juicio universal?

El juicio universal es el juicio público que Jesucristo hará de todos los hombres al fin del mundo.

5

El perdón de los pecados

 

Ya en el Antiguo Testamento invitó Dios a los hombres a la conversión de los pecados y les ofreció su misericordia. En el Evangelio se nos repite este llamado a la conversión y a la penitencia con más fuerza, Jesucristo es el que se ofreció en sacrificio por nuestros pecados; no sólo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo (1Jn 2,2). Jesucristo dio a los Apóstoles y a sus sucesores el poder de perdonar los pecados por el Bautismo y la Confesión.

 

¿Existe el perdón de los pecados?

Si, existe el perdón de los pecados porque Jesucristo dio a los Apóstoles el poder de perdonarlos para reconciliar al hombre con Dios y con los hermanos.

 

¿Cuáles fueron las palabras del Señor al conceder a los Apóstoles la potestad de perdonar los pecados?

Las palabras de Cristo al conceder a los Apóstoles la potestad de perdonar los pecados fueron: "Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; pero a quienes no se los perdonen, no les quedarán perdonados".

 

¿Cómo cumplieron los Apóstoles el encargo de perdonar los pecados?

Los Apóstoles cumplieron el encargo de perdonar los pecados impartiendo el sacramento del Bautismo a los no cristianos y el sacramento de la Penitencia a los fieles que pecan después del Bautismo.

 

La resurrección de la carne

 

Como consecuencia del pecado original, nuestra vida en la tierra termina con la muerte. Adán pecó y entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte.

 

Pero no todo termina con la muerte. El alma, que es inmortal, se separa del cuerpo, pero sigue viviendo y recibe de Dios el premio o castigo merecido por sus obras hechas durante su vida terrena. Al fin del mundo resucitarán nuestros propios cuerpos y se unirán a sus almas. Entonces nuestro Señor Jesucristo vendrá con gloria y majestad a juzgar a todos los hombres, unidas ya las almas a sus propios cuerpos, para nunca más morir.

 

¿Qué es la muerte?

La muerte es la separación del alma y del cuerpo.

 

¿Qué quiere decir resurrección de la carne?

Resurrección de la carne quiere decir que, como Cristo resucitó, así también nosotros resucitaremos al fin del mundo, volviendo a unirse nuestras almas con nuestros propios cuerpos, para nunca más morir.

 

¿Para qué resucitará nuestro cuerpo?

Nuestro cuerpo resucitará para ser juzgado juntamente con nuestra alma y recibir el premio o castigo eterno según hayan sido las obras que hiciera el hombre con su cuerpo y su alma.

 

La comunión de los Santos

 

Comunión quiere decir "común unión"; y Comunión de los Santos quiere decir unión común con Jesucristo de todos los santos del cielo, de las almas del purgatorio y de los fieles que aún peregrinamos en la tierra. Es la unión de todos los santos con la Cabeza de la Iglesia, que es Jesucristo, y de todos los santos entre sí. Los del cielo interceden por los demás; los de la tierra honran a los del cielo y se encomiendan a su intercesión, también oran y ofrecen sufragios por los difuntos del purgatorio, y estos también interceden a favor nuestro.

 

 ¿Qué es la comunión de los santos?

La comunión de los santos es la unión común que hay entre Jesucristo, Cabeza de la Iglesia, y sus miembros, y de éstos entre sí.

 

¿Quiénes son los miembros de la Iglesia?

Los miembros de la Iglesia son los santos del cielo, las almas del purgatorio y los fieles de la tierra.

 

Los que no están en gracia de Dios, ¿participan de la Comunión de los Santos?

Los que no están en gracia de Dios participan de la Comunión de los santos solamente en cuanto pueden alcanzar algunos beneficios del Señor y, sobre todo, la gracia de la conversión. 

 

 

4

María, Madre de la Iglesia

 

El Papa Pablo VI, dirigiéndose a los padres conciliares del Vaticano II, declaró que María Santísima es Madre de la Iglesia. La Virgen María es la Madre de todos los hombres y especialmente de los miembros del Cuerpo Místico de Cristo, desde que es Madre de Jesús por la Encarnación. Jesús mismo lo confirmó desde la Cruz antes de morir, dándonos a su Madre por madre nuestra en la persona de San Juan, y el discípulo la acogió como Madre; nosotros hemos de tener la misma actitud que el Discípulo Amado. Por eso, la piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano. Vamos cumpliendo así la profecía de la Virgen, que dijo: "Me llamarán Bienaventurada todas las generaciones" (Lc 1,48).

 

¿Por qué María es Madre de la Iglesia?

María es Madre de la Iglesia porque, al ser Madre de Cristo, es también madre de los fieles y de los pastores de la Iglesia, que forman con Cristo un solo Cuerpo Místico.

 

¿Por qué llamamos a María Mediadora y Cooperadora de la Redención?

Llamamos a María Mediadora y Cooperadora de la Redención porque, con su caridad maternal y su colaboración en el Sacrificio de Cristo, participó en nuestra reconciliación, que aplica a los hermanos de su Hijo todavía peregrinos con su constante y amorosa intercesión.

 

¿Qué culto tributa la Iglesia a la Santísima Virgen?

La Iglesia tributa a la Virgen un culto singular que empezó pronto en la Iglesia y que durará siempre, según las palabras proféticas de María: "Me llamarán bienaventurada todas las generaciones". Ese amor que los fieles tributan a María como Madre, procurando amarla como la ama el Señor Jesús, es lo que conocemos como Piedad Filial.

 

3

El Espíritu Santo

 

El Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad, que procede del Padre y del Hijo. Jesucristo prometió a los apóstoles que les enviaría el Espíritu Santo, el cual les recordaría y les ayudaría a entender todo lo que Él le había dicho. El día de Pentecostés, estaban todos los Apóstoles reunidos en un mismo lugar, y de repente se produjo un ruido del cielo, como de un viento impetuoso que llenó toda la casa donde residían. Aparecieron lenguas de fuego como divididas que se posaron sobre cada uno de ellos. La acción del Espíritu Santo en los Apóstoles los hizo fuertes, audaces y santos para anunciar el Evangelio con fidelidad a todo el mundo.

 

La Iglesia quedó constituida en templo del Espíritu Santo; Él la santifica y hace que los bautizados se unan a la Santísima Trinidad.

 

¿Quién es el Espíritu Santo?

El Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad, que procede del Padre y del Hijo, quienes lo enviaron al mundo para vivificar y santificar a los hombres.

 

¿Cuándo envió Jesús el Espíritu Santo a su Iglesia?

Jesús envió el Espíritu Santo su Iglesia el día de Pentecostés, en forma de lenguas de fuego, sobre los Apóstoles y María Santísima.

 

¿Qué indicaban las lenguas de fuego?

Las lenguas de fuego indicaban que el Espíritu Santo venía a santificarnos por medio de la luz de la verdad y el calor del amor.

 

¿Cómo nos santifica el Espíritu Santo?

El Espíritu Santo nos santifica por medio de la gracia, de las virtudes y de sus dones.

 

¿Qué son los dones del Espíritu Santo?

Los dones del Espíritu Santo son disposiciones permanentes, infundidas por Dios, que hacen al hombre dócil, para seguir los impulsos del Espíritu Santo.

 

¿Cuáles son los dones del Espíritu Santo?

 

Los dones del Espíritu Santo son: Sabiduría, entendimiento, Consejo, Fortaleza, Ciencia, Piedad y Temor de Dios.

 

La Iglesia Católica

 

El Señor Jesús instituyó su única Iglesia Católica para continuar la redención y reconciliación de los hombres hasta el fin del mundo. Dio a sus Apóstoles sus poderes divinos para predicar el Evangelio, santificar a los hombres y gobernarlos en orden a la salvación eterna. Por eso, la Iglesia Católica es la única verdadera fundada por Jesucristo sobre San Pedro y los Apóstoles; y todos los hombres estamos llamados a ser el Pueblo de Dios guiado por el Papa, que es el sucesor de San Pedro y Vicario de Cristo en la tierra.

 

La Iglesia Católica es también el Cuerpo Místico de Cristo, porque, como en un cuerpo humano, Cristo es la Cabeza, los bautizados somos los miembros de este cuerpo y el Espíritu Santo es el alma que nos une con su gracia y nos santifica. Por esto la Iglesia es también Templo del Espíritu Santo. En su aspecto visible la Iglesia está formada por los bautizados que profesan la misma fe en Jesucristo, tienen los mismos sacramentos y mandamientos, y aceptan la autoridad establecida por el Señor, que es el Papa.

 

Estos fieles, por el Bautismo, se hacen partícipes de la función sacerdotal, profética y real de Cristo.

 

¿Quién fundó la Iglesia?

La Iglesia fue fundada por nuestro Señor Jesucristo.

 

¿Cómo empezó Jesús la fundación de la Iglesia?

Jesús empezó la fundación de la Iglesia con la predicación del Reino de Dios, llamando de entre los discípulos que le seguían a los doce Apóstoles, y nombrando a Pedro Jefe de todos ellos.

 

¿Se puede reconocer hoy a la verdadera Iglesia?

Si, hoy se puede reconocer a la verdadera Iglesia viendo si tiene por Fundador a Jesucristo, si participa de los siete sacramentos, si ama a la Santísima Virgen María y si obedece al Papa. Si le falta algo de esto, no es la verdadera Iglesia.

 

¿Cuál es la misión de la Iglesia?

La misión de la Iglesia es la misma de nuestro Señor Jesucristo: llevar a cabo el plan de salvación de Dios sobre los hombres.

 

¿Qué poderes ha dado Jesús a la Iglesia para cumplir esta misión?

Para cumplir esta misión, Jesús ha dado a la Iglesia los poderes de enseñar su doctrina a todas las gentes, santificarlas con su gracia y guiarlas con autoridad.

 

¿Cuáles son las propiedades y notas que Cristo confirió a su Iglesia?

Las propiedades y notas que Cristo confirió a su Iglesia son cuatro: que es Una, Santa, Católica y Apostólica.

 

¿Quiénes son los fieles cristianos?

Los fieles cristianos son los que, incorporados a Cristo por el Bautismo, se integran en el Pueblo de Dios y son hechos partícipes a su modo de la función sacerdotal, profética y real de Cristo para desempeñar la misión de la Iglesia en el mundo.

 

¿Están todos los fieles llamados a la santidad y al apostolado?

Sí, todos los fieles están llamados a la santidad y al apostolado, sea cual fuere su condición, por el mismo hecho de haber recibido el Bautismo y la Confirmación.

 

¿Quién es el Pastor supremo y Cabeza invisible de la Iglesia?

El pastor supremo y Cabeza invisible de la Iglesia es Jesucristo.

 

¿Quién es el Papa?

El papa es el sucesor de San Pedro, el Vicario de Cristo en la tierra y la Cabeza visible de la Iglesia.

 

¿Puede el Papa equivocarse en materia de fe y costumbres?

No, el Papa no puede equivocarse cuando define doctrina en materia de fe y costumbres, como maestro supremo de toda la Iglesia, gracias a una especial asistencia del Espíritu Santo.

 

¿Qué debemos hacer los fieles cuando el Papa y los obispos proponen una enseñanza mediante su magisterio ordinario?

Cuando el Papa y los obispos proponen una enseñanza mediante su magisterio ordinario, los fieles deben adherirse a ella con espíritu de obediencia religiosa.

 

¿Quiénes son los obispos?

Los Obispos son los sucesores de los Apóstoles, que han recibido la plenitud del sacerdocio y tienen la misión de regir sus diócesis unidos al Papa.

 

¿Quiénes son los sacerdotes?

Los Sacerdotes o presbíteros son aquellos fieles que, por la ordenación sacerdotal, participan sacramentalmente del Sacerdocio de Cristo, siendo constituidos cooperadores de los obispos para predicar el Evangelio, administrar los sacramentos y llevar a Dios a los fieles que se les encomiendan.

 

¿Quiénes son los laicos?

Los laicos son aquellos fieles que, por vocación divina, están destinados a buscar el Reino de Dios, tratando y ordenando las cosas temporales según el querer de Dios.

 

¿Participan los laicos de las funciones de Cristo?

Si, los laicos participan de las funciones de Cristo, que es Sacerdote, Profeta y Rey.

 

¿Dónde han de buscar la santidad y ejercer el apostolado los laicos?

Los laicos han de buscar la santidad y ejercer el apostolado en medio del mundo, en su misma vida secular ordinaria: en el ejercicio de su trabajo y en la familia.

 

¿Quién da a los laicos el derecho y el deber de hacer apostolado?

Dios mismo, por el Bautismo y la Confirmación, da a los laicos el derecho y el deber de hacer apostolado y santificar el mundo, tanto individualmente como agrupados en asociaciones.

 

¿Pueden los laicos ser llamados a colaborar con sus pastores en el servicio eclesial?

Los Laicos pueden ser llamados a colaborar con sus pastores en ministerios muy diversos, según la gracia y el carisma que el Señor quiera concederles, pero teniendo en cuenta que su misión propia en la Iglesia es la transformación del orden temporal como parte de lo que conocemos como "Evangelización de la Cultura".

 

¿Qué se entiende por vida consagrada?

Por vida consagrada se entiende aquella forma de vida que se caracteriza por la consagración de la propia vida por la profesión de compromisos -usualmente llamados "consejos evangélicos"- de pobreza, castidad y obediencia, en una vida en común estable y célibe reconocida por la Iglesia.

 

¿Quiénes pertenecen al estado de vida consagrada?

Pertenecen al estado de vida consagrada los religiosos, los miembros de los institutos seculares, y las nuevas sociedades de vida en común, cuya evolución en la vida de la Iglesia se parece a un árbol maravilloso y lleno de ramas, a partir de una semilla puesta por Dios en su Iglesia.

 

2

 

La misión del Señor Jesús

 

Los cuatro Evangelios nos cuentan la vida del Señor Jesús, que todo cristiano debe conocer. En resumen, la vida de Jesús fue de esta manera: Jesús nació en Belén y fue puesto en un pesebre, envuelto en pañales; allí fueron a adorarlo los pastores, y los ángeles cantaron: "Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad". Después fueron a adorarlo los Magos de Oriente. El rey Herodes quiso matar al Niño, y San José y la Virgen huyeron con Él a Egipto. Más tarde regresaron a Nazaret en donde Jesús creció y trabajó como artesano en el taller de José, dándonos ejemplo de santificar la vida de familia y el trabajo que debe ser bien hecho y grato a Dios. Después, durante tres años, predicó su doctrina, la que nos enseñó de parte del Padre Celestial, y pasó haciendo el bien, con muchos milagros, demostrando que era Dios y que venía a salvarnos. Porque nos amó, instituyó la Sagrada Eucaristía e hizo sacerdotes a los Apóstoles, y luego comenzó su Pasión dolorosa hasta morir clavado en la Cruz; así nos redimió o sea, pagó al Padre celestial con el precio de su sangre y de su vida, por todos los pecados de Adán y Eva y de sus descendientes, que somos todos los hombres y mujeres del mundo. Muerto Jesús, fue puesto en un sepulcro, pero al tercer día resucitó y se apareció vivo y glorioso a las santas mujeres y a los Apóstoles; a los cuarenta días subió al Cielo, prometiendo que les enviaría al Espíritu Santo.

 

 ¿Dónde nació Jesús?

Jesús nació en Belén.

 

¿Por qué los Pastores de Belén y los Magos de Oriente fueron a adorar al Niño Jesús?

Los Pastores de Belén y los Magos de Oriente fueron a rendir homenaje al Niño Jesús porque sabían que era el Salvador que había sido prometido.

 

 ¿Por qué Herodes quiso matar al Niño Jesús?

Herodes, que era muy malo, quiso matar al Niño Jesús porque temía que le quitara el reino.

 

 ¿Quién avisó a San José de que Herodes quería matar al Niño Jesús?

Avisó a San José un ángel que le dijo en sueños: Levántate, coge al Niño y a su Madre, y huye a Egipto, y estáte allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al Niño para matarlo.

 

¿Adónde fue la Sagrada Familia cuando regresó de Egipto?

Cuando regresó de Egipto la Sagrada Familia fue a vivir a Nazaret.

 

¿Qué hacía en Nazaret?

En Nazaret Jesús crecía y obedecía a su Madre y a San José, y los tres nos dieron ejemplo de amarse y de trabajar bien para el Padre celestial.

 

 ¿Qué valor tenía la vida ordinaria y sencilla de Jesús?

La vida ordinaria y sencilla de Jesús tenía un valor redentor y, además, era un ejemplo para todos nosotros, que tenemos que santificarnos por medio del trabajo.

 

 ¿A qué edad comenzó Jesús su predicación y milagros?

Jesús comenzó su predicación y milagros sobre los treinta años de edad.

 

 ¿En qué consistió la predicación de Jesús?

La predicación del Señor Jesús, hecha de obras y palabras, consistió en establecer el Reino de Dios, que es la Iglesia; EN DAR A CONOCER LA VIDA DE Dios y nuestra filiación divina, junto con su santa Ley.

 

 ¿Qué son los milagros?

Los milagros son hechos que no se pueden explicarse por las leyes naturales, sino solamente por el poder de Dios.

 

 ¿Para que el Señor Jesús hizo milagros?

Jesús hizo milagros para demostrar su amor a los hombres, para confirmar su doctrina y para mostrarse como Dios y como el Mesías prometido.

 

 ¿Cómo nos reconcilió el Señor?

El Señor Jesús nos reconcilió cumpliendo el plan de Dios hasta morir en la Cruz y resucitar gloriosamente.

 

 ¿Para qué nos reconcilió Jesús?

El Señor Jesús nos reconcilió para librarnos de nuestros pecados y obtenernos el perdón y la amistad con Dios.

 

 ¿Por quienes padeció y murió Jesús?

Jesús padeció y murió por todos los hombres.

 

¿Cuándo resucitó Jesucristo?

Jesucristo resucitó del sepulcro al tercer día de estar muerto.

 

¿Cómo resucitó el Señor?

Jesucristo resucitó uniendo de nuevo su alma al cuerpo y saliendo vivo y glorioso del sepulcro.

 

 ¿Quiénes fueron los primeros en ver a Jesús resucitado?

Los primeros que vieron a Jesús resucitado fueron las santas mujeres, que fueron de madrugada al sepulcro, lo encontraron vacío, unos ángeles les dijeron que había resucitado, y después el mismo Jesús se les apareció glorioso.

 

 ¿Vieron los Apóstoles a Jesús resucitado?

Sí, los Apóstoles vieron a Jesús resucitado; primero se apareció a San Pedro, y después a todos los Apóstoles en varias ocasiones, y una vez, a más de quinientas personas juntas; vieron sus llagas gloriosas e incluso llegaron a comer con El.

 

 ¿Qué día resucitó el Señor?

El Señor Jesús resucitó en el amanecer del domingo, y por eso la Iglesia santifica el domingo - día del Señor- con el precepto del descanso dominical y la obligación de asistir a la Santa Misa.

 

¿Cuánto tiempo permaneció en la tierra Jesús resucitado?

Jesús resucitado permaneció en la tierra durante cuarenta días, para estar con los Apóstoles, que eran los cimientos de la Iglesia Católica fundada por Él.

 

 ¿Cuándo subió Jesús a los cielos?

Jesús subió a los cielos a los cuarenta días de resucitado, después de instruir a sus discípulos sobre la Iglesia.

 

¿Por qué demoró Jesús cuarenta días para ir al cielo?

El Señor Jesús demoró cuarenta días, porque quiso instruir a sus Apóstoles para que fueran testigos de su Resurrección, los encargados de enseñar a todas las gentes y de gobernar su Iglesia.

 

 ¿Qué les dio el Señor Jesús a sus Apóstoles para cumplir esta misión?

Jesús dio a sus Apóstoles sus poderes divinos y la seguridad de estar con ellos siempre hasta la consumación del mundo.

 

¿Qué entendemos al decir que Jesús está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso?

Al decir que Jesús está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso entendemos que Jesucristo, en cuanto Dios, tiene igual poder y gloria que el Padre, y que, en cuanto hombre, participa plenamente de este mismo poder y de esta misma gloria.

 

Jesús vuelve

 

Con la segunda venida de Jesucristo se instalará definitivamente el Reino de Dios y será vencido para siempre el poder del mal y del demonio. No sabemos el tiempo de la segunda venida de Jesucristo; Dios no ha querido revelarlo. Quiere que estemos siempre bien preparados para ese encuentro con El. Con el retorno del Señor Jesús están relacionados: el fin del mundo presente, la resurrección de los cuerpos y el juicio universal. Jesucristo será el justo Juez que dará a cada uno según sus obras.

 

¿Volverá el Señor a aparecer visiblemente en la tierra?

Sí, el Señor Jesús volverá a aparecer visiblemente en la tierra al fin del mundo, cuando venga a juzgar a los vivos y a los muertos.

 

¿Sabemos cuándo será el fin del mundo?

No sabemos cuándo será el fin del mundo; en consecuencia, siempre debemos estar preparados.

 

¿Qué entendemos al decir que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos?

Al decir que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos entendemos que el Señor Jesús al fin del mundo juzgará a todos los hombres y dará a cada uno el premio o castigo que hubiere merecido.

 

 

1

La creación

 

Tal como nos lo relata el Libro del Génesis, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza (Ver Gen. 1,27) para que fuera feliz en la tierra, alabando a Dios y dominando la naturaleza, de la que fue hecho Señor (Ver Gen. 1,29-30). Dios creó al hombre por amor, y todo lo creado era expresión de este amor de Dios por el hombre. Por ello, hasta antes del pecado, el hombre vivía en plena armonía, reconciliado con Dios, consigo mismo, con los seres humanos y con todo lo creado. El hombre vivía, por tanto, en estado de felicidad.

 

¿Por qué creó Dios al hombre?

Por amor, por puro amor.

 

¿Cómo creó Dios al hombre?

Lo creó a su imagen y semejanza.

 

¿Para qué creó Dios al hombre?

Lo creó para que lo alabara, fuera feliz, viviera en armonía con sus congéneres y dominara lo creado.

 

¿Dios creó buenas todas las cosas?

Sí, Dios creó buenas todas las cosas, porque de Él no puede salir nada malo.

 

El pecado original

 

La causa del mal en el mundo es el pecado. El Diablo y los demonios fueron creados por Dios, pero ellos mismos se hicieron malos porque cometieron el gran pecado de rechazar a Dios. Inmediatamente fueron lanzados al infierno, condenados para siempre.

 

Por su pecado tienen odio a Dios y envidia a los hombres. Por eso tentaron a Adán y Eva, nuestros primeros padres, diciéndoles que si desobedecían a Dios, serían como dioses y conocerían el bien y el mal.

 

Adán y Eva se dejaron engañar por el demonio y desobedecieron a Dios. Este fue el primer pecado en la tierra: el pecado original, y por esto todos los descendientes de Adán y Eva, excepto la Santísima Virgen María, venimos al mundo con el pecado original en el alma, y con las consecuencias de aquel primer pecado, que se nos transmite por generación.

 

¿Por qué existe el mal y la muerte?

Existe el mal y la muerte por la envidia del Diablo, que es malo y mentiroso, y por el pecado de nuestros primeros padres.

 

¿Quiénes son el Diablo y los otros demonios?

El Diablo y los otros demonios son seres espirituales, con inteligencia y voluntad, creados por Dios como ángeles buenos, pero que rechazaron a Dios y se volvieron malos para siempre.

 

¿Quiénes fueron nuestros primeros padres?

Nuestros primeros padres fueron Adán y Eva, y de ellos descendemos todos los hombres.

 

¿En que condiciones creo Dios a Adán y Eva?

Dios creó a Adán y Eva muy buenos y felices, con la gracia santificante y muchas cualidades y con los dones de la inmortalidad, la impasibilidad y la integridad.

 

¿Conservaron nuestros primeros padres los dones con que fueron creados?

Nuestros primeros padres no conservaron los dones con los que fueron creados, porque se dejaron engañar por el demonio y desobedecieron a Dios, conteniendo así el primer pecado.

 

¿A quienes perjudicó el pecado de nuestros primeros padres?

El pecado de nuestros primeros padres les perjudicó a ellos y también a todos sus descendientes, que somos todos los hombres y mujeres del mundo.

 

¿Qué es el pecado original?

El pecado original con el que todos nacemos es la privación de la santidad y justicia originales. El pecado introduce en el mundo una cuádruple ruptura: la ruptura del hombre con Dios, consigo mismo, con los demás seres humanos y con la creación toda.

 

¿Qué consecuencias tiene el pecado original para nosotros?

Producto de estas rupturas, las consecuencias que tiene el pecado original para nosotros son: el debilitamiento de la naturaleza humana, que ha quedado sometida a la ignorancia, al sufrimiento, a la muerte y a la inclinación al pecado. Fuente: https://www.aciprensa.com

 

El plan de reconciliación: el Señor Jesús

 

Después del pecado de Adán y Eva, ellos y todos sus descendientes quedaron en poder del demonio. Nosotros también. Dios tuvo compasión de los hombres y prometió un Redentor que nos reconciliaría, sanando las rupturas. Este Reconciliador nacería de una Mujer que aplastaría con su pie la cabeza de la serpiente infernal que había engañado a Adán y Eva.

 

Por esto, todo el pueblo de Israel esperaba al Salvador. Los Patriarcas y Profetas del Antiguo Testamento iban recordando al pueblo elegido la promesa de Dios.

 

Se cumplió la promesa hecha por Dios de Adán y Eva cuando la segunda Persona de la Santísima Trinidad se hizo hombre en las purísimas entrañas de la Virgen María por obra del Espíritu Santo; y cuando este Dios y Hombre verdadero - Jesucristo - murió en la Santa Cruz para pagar por todos los pecados del mundo, reconciliándonos así con Dios, con nosotros mismos, con los hermanos humanos y con toda la creación.

 

¿Tuvo Dios compasión de los hombres después del pecado de Adán y Eva?

Si, Dios tuvo compasión de los hombres después del pecado de Adán y Eva, y para salvarnos prometió un Redentor.

 

¿Quién es el Redentor y Reconciliador de los hombres?

El Redentor y Reconciliador de los hombres es Jesucristo.

 

¿Quién es el Señor Jesús?

El Señor Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre, que nació de la Virgen María, murió en la Cruz para salvar a todos los hombres y resucitó al tercer día.

 

¿Jesucristo es verdadero Dios y verdadero Hombre?

Si, Jesucristo es verdadero Dios y verdadero Hombre en la unidad de una sola Persona que es divina.

 

¿Desde cuándo existe Jesucristo?

El Señor Jesús, como Dios, existe desde siempre porque es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad; y como hombre, existe desde la Encarnación.

 

¿Qué es la Encarnación?

La Encarnación es el misterio de la unión de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única Persona de Dios Hijo.

 

¿Cómo se realizó la Encarnación del Hijo de Dios?

La Encarnación del Hijo de Dios se realizó cuando el Espíritu Santo, de las purísimas entrañas de la Virgen María, formó un cuerpo perfecto, sin pecado, y un alma nobilísima que unió a aquel cuerpo; en el mismo instante, a este cuerpo y alma se unió el Hijo de Dios y de esta manera el que antes era sólo Dios, sin dejar de serlo, quedó hecho hombre, igual a todos los hombres en todo, menos en el pecado.

 

¿Se podría decir que en Cristo hay dos personas?

Nunca, en Jesucristo hay una sola Persona que es divina, con dos naturalezas: la divina y la humana.

 

La Virgen María

 

Para realizar la reconciliación de los hombres, Dios preparó a una mujer, llenándola de gracias especiales para que fuera la Madre de Dios. La libró del pecado original y de todo pecado, desde el primer momento de su existencia y siempre fue santísima. Esa Mujer, María, sería la Madre de Dios y por ello, auténtica Madre nuestra. Un día Dios envió al Arcángel Gabriel a la ciudad de Nazaret, a la Virgen María, que estaba desposada con San José. La saludó llamándola "llena de gracia", y le expuso el Plan de Dios: Ella sería la Madre del Salvador por obra del Espíritu Santo, porque para Dios nada hay imposible. La Virgen María aceptó de inmediato el plan de Dios, diciendo: "He aquí la sierva del Señor, hágase en mi según tu palabra"(Lc 1,38). En aquel mismo momento, se hizo Hombre la segunda Persona de la Santísima Trinidad, sin dejar de ser Dios.

 

¿Quién es la Santísima Virgen María?

La Santísima Virgen María es la Nueva Eva, la Mujer perfecta, llena de gracia y virtudes, concebida sin pecado original, que es Madre de Dios y madre nuestra, y que está en el cielo en cuerpo y alma; y que nos acompaña permanentemente en nuestros esfuerzos por ser cristianos con gran solicitud y amor maternal.

 

¿Por qué decimos que la Virgen María es verdaderamente Madre de Dios?

Decimos que la Virgen María es verdaderamente Madre de Dios porque es la madre del Hijo eterno de Dios hecho hombre, que es Dios mismo.

 

¿Por qué decimos que la Virgen María es madre nuestra?

Decimos que la Virgen María es madre nuestra porque, por su obediencia, se convirtió en la nueva Eva, madre de los vivientes; además, porque es Madre de Jesucristo, con quien estamos unidos por la gracia, formando un solo Cuerpo Místico.

 

¿Cuáles son los singulares privilegios que Dios concedió a la Virgen María?

Los singulares privilegios que Dios concedió a la Virgen María son: su Concepción Inmaculada, su perpetua Virginidad, su Maternidad divina y su Asunción en cuerpo y alma a los cielos.

 

¿Qué lugar ocupa la Santísima Virgen María en el Plan de Reconciliación?

La Santísima Virgen María ocupa en la redención el lugar de Cooperadora de la Redención, porque colaboró con su fe y su obediencia libres a la reconciliación de los hombres. Por deseo explícito del Señor Jesús, que nos la señaló como Madre (ver Jn. 19,27), María es verdaderamente Madre de todos los cristianos, quienes realizan su peregrinación terrena bajo los tiernos cuidados maternales y la compañía de María.


Los Carmelitas Descalzos caminamos juntos


En la Orden de los Carmelitas Descalzos los hermanos caminan juntos: el sábado 5 de mayo, los hermanos del Teologado en la ciudad de Bogotá, prepararon un compartir con la comunidad seglar Ntra. Sra. Del Monte Carmelo. En este encuentro, la sonrisa, el abrazo, la humildad y la dulzura en los hermanos frailes fueron los protagonistas de la tarde. Gracias a Dios por tanto recibido en acciones tan sencillas que muestran la mejor y la cara más linda nuestra Orden. 💕

 

Domingo de Ramos


Foto: http://www.diocesisdearecibo.com
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Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, San Marcos 15,1-39

C. Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, se reunieron, y, atando a jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Pilato le preguntó:

S. «¿Eres tú el rey de los judíos?»

C. Él respondió:

+ «Tú lo dices.»

C. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato le preguntó de nuevo:

S. «¿No contestas nada? Mira cuántos cargos presentan contra ti.»

C. Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado. Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre. Pilato les contestó:

S. «¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?»

C. Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás. Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:

S. «¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?»

C. Ellos gritaron de nuevo:

S. «¡Crucifícalo!»

C. Pilato les dijo:

S. «Pues ¿qué mal ha hecho?»

C. Ellos gritaron más fuerte:

S. «¡Crucifícalo!»

C. Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio –al pretorio– y reunieron a toda la compañía. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo:

S. «¡Salve, rey de los judíos!»

C. Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él. Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo. Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz. Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno. Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos.» Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: «Lo consideraron como un malhechor.» Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo:

S. «¡Anda!, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz.»

C. Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de él, diciendo:

S. «A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos.»

C. También los que estaban crucificados con él lo insultaban. Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y, a la media tarde, jesús clamó con voz potente:

+ «Eloí, Eloí, lamá sabaktaní.»

C. Que significa:

+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»

C. Algunos de los presentes, al oírlo, decían:

S. «Mira, está llamando a Elías.»

C. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo:

S. «Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo.»

C. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:

S. «Realmente este hombre era Hijo de Dios.» Palabra del Señor

 

Reflexión: el reinado de Dios

 

Es muy difícil precisar el sentido exacto que pudo dar Jesús a la entrada en Jerusalén de ese modo tan particular. Muy seguramente no coincidió con la interpretación que le dieron sus discípulos y la gente que lo seguía. Cuando se fijaron por escrito estos relatos, ya habían pasado cuarenta o cincuenta años y sus seguidores habían cambiado radicalmente la comprensión que tenían de Jesús. En estos textos se han mezclado datos históricos, prejuicios sobre el Mesías y tradiciones del Antiguo Testamento sobre otra clase de mesianismo que no era el oficial. Con los datos que hoy tenemos no podemos pensar en una “entrada triunfal”. Si era política, no lo hubiera permitido el poder romano. Si era religiosa, no lo hubiera permitido el poder religioso. Ambos tenían medios más  que suficientes para actuar contra una manifestación masiva. Mucho más en Pascua, que era momento de máxima alerta policial. No cabe duda de que algo pasó históricamente, pero no debemos imaginarlo como un acto espectacular, sino como un acto profético. Seguramente se trató de una muestra de adhesión por parte del pequeño grupo que acompañaba a Jesús, a los que posiblemente se unieron otros que venían de Judea y Galilea. Recordemos que la subida a la fiesta de Pascua se hacía siempre en grupos numerosos y festivos, en los que se manifestaba el júbilo por acercarse a la ciudad santa y al templo. Los gritos son intentos de dar una explicación a lo que estaba ocurriendo. Lo mismo los mantos y ramos expresan la actitud de los que seguían a Jesús.

 

Tampoco podemos olvidar que la inmensa mayoría del pueblo estuvo siempre del lado de los jefes y no del lado de Jesús. Son precisamente estos los que piden la muerte de Jesús. No tiene sentido insistir en que el mismo pueblo que lo aclama hoy como Rey, pide el viernes su crucifixión. Tampoco podemos minimizar el número de los seguidores de Jesús. Los evangelios nos dicen que en varias ocasiones los dirigentes no se atrevieron a detenerlo en público por el gran número de seguidores. El hecho de que lo detuvieran de noche con la ayuda de un traidor, indica el miedo de los dirigentes. Jesús no fue un suicida ni buscaba el martirio. Dedicó toda su vida a combatir el sufrimiento, las injusticias, la marginación… Vivió absolutamente entregado a “buscar el reino de Dios y su justicia”. Esa fue su pasión.

 

Si Jesús acepta la persecución y el martirio es por fidelidad a ese proyecto que siendo de su Padre es también el suyo propio. Así lo dejará claro en muchas ocasiones: el Padre y yo somos uno.  Por eso, no corre hacia la muerte, pero tampoco se echa atrás. No huye ante las amenazas, tampoco modifica ni suaviza su mensaje. Le habría sido fácil evitar la ejecución. Habría bastado con callarse y no insistir en lo que podía irritar en el templo o en el palacio del prefecto romano. No lo hizo. Siguió su camino. Prefirió ser ejecutado antes que traicionar su conciencia y ser infiel al proyecto de Dios, su Padre. Aprendió a vivir en un clima de inseguridad, conflictos y acusaciones. Día a día se fue reafirmando en su misión y siguió anunciando con claridad su mensaje. Se atrevió a difundirlo no solo en las aldeas retiradas de Galilea, sino en el entorno peligroso del templo. Nada lo detuvo; ni siquiera las amenazas de muerte. Morirá fiel a Dios en el que ha confiado siempre. Seguirá acogiendo a todos, incluso a pecadores e indeseables. Si terminan rechazándolo, morirá como un “excluido” pero con su muerte confirmará lo que ha sido su vida entera: confianza total en un Dios que no rechaza ni excluye a nadie de su perdón. Seguirá buscando el reino de Dios y su justicia, identificándose con los más pobres y despreciados. Si un día lo ejecutan en el suplicio de la cruz, reservado para criminales y malditos, morirá como el más pobre y despreciado, pero con su muerte sellará para siempre su fe en un Dios que quiere la salvación de todos los seres humanos y no de algunos, como solemos escuchar de un tiempo hacia acá en la celebración eucarística.

 

Los seguidores de jesús descubrimos el misterio último, encarnado en su amor y entrega extrema al ser humano. En el amor de ese crucificado está Dios mismo identificado con todos los que sufren, gritando contra todas las injusticias y perdonando a los verdugos de todos los tiempos. En este Dios se puede creer o no creer, pero no es posible burlarse de él. Jesús vivió en una sociedad donde lo religioso estaba implicado, orientando, justificando, impulsando toda una manera de entender y de vivir la vida y la sociedad, hasta tal punto que, en aquel momento, para los hebreos la Torá, la ley de Moisés, la ley de Dios es, al mismo tiempo la Constitución, por decirlo de alguna manera. En cuanto nos acercamos a Jesús vemos que, en esa sociedad, no es un escriba, un maestro de la ley, tampoco es un sacerdote; no enseña propiamente una doctrina; nosotros a veces hemos imaginado que lo más específico de Jesús era enseñar la verdadera religión, una doctrina que luego los discípulos tendrán que difundir de manera correcta, pero no es así. En el centro de la predicación de Jesús más allá de una doctrina hay un hecho, un acontecimiento, algo que está sucediendo, que Él está experimentando y que quiere contagiar a todos.

 

Todos los investigadores están de acuerdo en que el resumen que hace el evangelista Marcos -el primer evangelista- es el más correcto; dice así: Jesús anunciaba la Buena Noticia de Dios, a Dios como algo nuevo y bueno. Jesús anuncia que el Reino de Dios se está acercando, que este Dios no quiere dejarnos solos frente a los problemas y los desafíos, sino orientar nuestra vida de manera sana, dichosa; Jesús invita a cambiar de manera de pensar y de hablar, invita a creer en esta Buena Noticia, a vivir creyendo en Él. Jesús percibe que ha empezado un tiempo nuevo, pero hay que acogerlo. Hoy todos los investigadores piensan que el Reino de Dios fue la verdadera pasión de Jesús, el núcleo, el corazón de su mensaje, la pasión que inspiró toda su vida y también la razón por la que fue ejecutado. “El Reino de Dios es la alternativa de Jesús”.

 

Por supuesto, el Reino de Dios es mucho más que una religión, va mucho más allá de las creencias, los preceptos y los ritos de una religión; es una manera de entender y de vivir a Dios que lo cambia absolutamente todo. Como veremos, Jesús ha querido introducir en el mundo una experiencia nueva de Dios que nos permita vivir de una manera nueva, con una esperanza y con un horizonte diferente; es el proyecto, el Reino de Dios. Lo sorprendente es que Jesús nunca explica lo que es el Reino de Dios con un lenguaje conceptual; no sabe hablar con un lenguaje solemne, como los sacerdotes del templo; ni con el lenguaje legalista de los maestros de la ley; Jesús es un poeta. Hoy se está valorando muchísimo la dimensión poética de Jesús; las metáforas, las imágenes y sobre todo las parábolas de Jesús en esa época -siglo I- es de lo mejor que hay en la literatura mundial. Con ese lenguaje parabólico, más que hablar de doctrinas Jesús habla de cómo sería la vida si hubiera más gente que se pareciera a Dios.

 

En el fondo, Jesús llevaba dentro esta pasión, este fuego: ¿Cómo sería la vida en el Imperio Romano si en Roma no reinara Tiberio, sino Dios, es decir, alguien que hiciera lo que Dios quiere para la humanidad…? ¿Cómo cambiaría Galilea si en Séforis y más tarde en Tiberíades no reinara Antipas, sino alguien que mirara las cosas como las mira Dios…? ¿Cómo cambiaría la religión del Templo, en Jerusalén, si no estuviera Caifás y reinara un sacerdote que de verdad quisiera lo que quiere Dios…? Esa era la obsesión de Jesús. Y nosotros tendremos que preguntarnos, ¿cómo sería nuestra sociedad y nuestra Iglesia, si hubiera, cada vez más, personas, hombres y mujeres, que se parezcan un poco a Dios? Podemos imaginarnos la sorpresa, la expectación y también el recelo que tuvo que provocar Jesús cuando empezó a decir que estaba cerca el Reino de Dios –no el de Tiberio- e invitaba a todos a entrar en ese Reino. ¿Qué pretendía Jesús al introducir un “reino” que no es de un político, ni de una religión, sino de Dios?

 

Nosotros, al rezar el Padre Nuestro decimos: Venga a nosotros tu Reino; no pedimos ir al cielo, sino pedimos con Jesús que venga primero aquí, a la misma tierra su Reino. ¿Qué quiere decir, entonces, Jesús cuando nos invita a entrar en el Reino de Dios? Para empezar, que nos tenemos que salir de otros reinos, el reino de la violencia, el reino de la mentira, el reino de la corrupción, el reino de la injusticia, el reino del dinero, el reino del terrorismo… para “entrar” en el “Reino de Dios”. Celebrar una vez más la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén no puede ser algo distinto a celebrar la posibilidad de un mundo nuevo, toda vez que demos paso a la posibilidad del Reinado de Dios en la vida de todo ser humano. P. Hernando Alzate OCD.

 

San José, nuestro protector

Foto: http://rpp.pe/cultura/
Foto: http://rpp.pe/cultura/

En la Sagrada Escritura, concretamente en el evangelio, que es el alma y la fuente de la auténtica y verdadera teología, no son muchas las palabras sobre San José, pero sí más que suficientes para trazar una ficha teológica del Santo, en la que se recogen su papel en la historia de la salvación y sus virtudes y grandezas. Concretamente desde esas palabras la Iglesia: Papas, liturgia, santos, teólogos, predicadores y sentido de la fe de los fieles, han ido trazando las líneas teológicas y espirituales del José que hoy venera y ensalza la misma Iglesia.

 

San José y el Carmelo

 

San José en el Carmelo entra desde los orígenes de la Orden. No en vano el Carmelo es flor plantada, nacida y desarrollada en Palestina, la tierra de José. El Carmelo nace acunado por María y por José. Desde sus orígenes derrama fuertes aromas josefinos junto a los marianos. Y si no es cierto lo que se ha escrito, que "cuando los carmelitas, huyendo de la persecución de oriente, se refugiaron en occidente, nos trajeron la fiesta de San José(2), es innegable que la devoción a San José, a nivel personal y local, se vivía desde la venida de los carmelitas a Europa, si bien la fiesta del Santo Patriarca, a nivel de Orden, no aparece sino en la segunda mitad del siglo XV, con la particularidad de que los carmelitas fueron los primeros que en la Iglesia latina compusieron un oficio enteramente propio en honor de San José, que aparece en el breviario impreso en Bruxelas en 1580 y en los que le siguen; y es seguramente el que leía la Santa Madre en la fiesta de San José. Quiere decir que los carmelitas desde que comenzaron a honrar a San José, lo hicieron con tanto ardor y fe que apenas se encuentra precedente igual en la historia josefina. "Este oficio no solamente es el más antiguo monumento elevado en la Iglesia latina a la gloria de San José, sino también, seguramente, el cántico más hermoso que jamás le fue consagrado. Todas sus partes, desde la primera antífona hasta la última, nos representan al Santo en todo el esplendor de su gloria"(3).

 

¿Qué es lo que se cantaba y celebraba en esta festividad de San José del 19 de marzo? La virginidad de José, a quien Dios encomienda la virginidad de la Madre de su Hijo, con quien la casa, para celar el misterio de la Encarnación al diablo, y para que fuese testigo y guardián de la virginidad de María, defendiéndola de toda sospecha de infamia. El matrimonio realizado por Dios es un matrimonio virginal, ligado no por unión carnal sino por un amor virtuoso; un matrimonio feliz por la fe, el sacramento y la prole bendita. Vice-Padre, Padre virgen y, como María, libre de toda infamia de pecado, sirviéndose mutuamente María y José con solicitud conyugal, y con igual dedicación alimentando al Hijo.

 

San José es el receptor del misterio de la Encarnación, por quien el ángel, enviado de Dios, da a conocer el misterio de la salvación humana, y que tiene los reinos de la vida. Esta teología es la que leía y meditaba Santa Teresa en la fiesta de San José, mientras vivía en el monasterio de la Encarnación, donde consta que la devoción a San José estaba muy arraigada, y que, resumida y hecha experiencia singular, ha derramado en su Vida.

 

Fiestas de San José

 

Una de las manifestaciones más auténticas de verdadera devoción a un santo es la celebración litúrgica de sus fiestas. La Santa no sólo celebraba la fiesta de San José; la solemnizaba. Lo dice ella misma: "procuraba yo hacer su fiesta con toda la solemnidad que podía" (V 6,7). Esta costumbre de celebrar la fiesta de San José con toda solemnidad, con música y sermón, con volteo de campanas y galanura de flores y nubes perfumadas de incienso y mirra -que así se celebraba la fiesta de San José en las iglesias de la Orden, según el Beato Juan Bautista el Mantuano- (21), la comenzó en la Encarnación y la mantuvo los años que vivió en aquel monasterio, las reanudó cuando volvió de Priora, y la celebraba en el convento que le pillaba la fiesta del Santo Patriarca. Es uno de los datos más testificados en los Dichos para su Beatificación y Canonización.

 

Cuando escribe las Constituciones prescribe que "los domingos y días de fiesta se cante Misa, Vísperas y Maitines. Los días primeros de Pascua y otros días de solemnidad podrán cantar Laudes, en especial el día del glorioso San José" (Const. n.2).

 

Son elocuentes, a este respecto, los festejos religiosos de carácter mariano-josefino que organizaba en solemnidades litúrgicas, como la Navidad, en la que disponía la procesión con las imágenes de la Virgen y San José, de quien era devotísima, añade Isabel Bautista, que describe la escena, y éste pidiendo posada para la Virgen en cinta. Fuente: http://ocarm.org/es/content/ocarm/san-jos-protector-orden-carmelitas

 

Reflexión sobre la palabra de Dios

Juan 12, 20-33

Foto: http://corazonenaltamar.blogspot.com.co
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En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: «Señor, quisiéramos ver a Jesús.» Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les contestó: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este. mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.»Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.» La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí.» Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir. Palabra del Señor.

 

Reflexión

 

Ya en Jerusalén, se acercan unos que vienen de Grecia (no judíos) y hablan a los discípulos porque querían ver a Jesús. Ellos que subían a dar culto en el Templo, cambian de propósito, ahora desean encontrar a Jesús, el nuevo Templo. La petición que hacen los griegos a Felipe se parece a la invitación que hizo éste a Natanael: «Ven y lo verás» (Jn 1,46). Los griegos expresan el deseo de ver a Jesús, toman la iniciativa del encuentro.

Jesús no habla directamente con ellos, pero quiere que su comunidad comprenda que «ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo de Hombre», quiere que entiendan que ha llegado el momento de la manifestación de la gloria de Dios y de la misión a todos. Jesús no les va a proponer una ideología, ni mucho menos una doctrina, Jesús quiere mostrar el designio creador de Dios que se manifiesta en la plenitud humana, donde no hay barreras culturales ni raciales. La gloria de Dios reside en «el Hombre». 

 

La metáfora del grano que muere en la tierra, significa que la muerte es la condición para se libere toda la energía vital que contiene, es decir, que la vida se manifiesta de una forma nueva. La donación total del hombre hace que se liberen nuevas fuerzas, la fuerza del amor. La donación de sí mismo se sella con dar por completo la vida como la semilla que muere para que comience el fruto. De ahí que los griegos que se acercan a Jesús son una anticipación del fruto, de la promesa de fecundidad para todo aquel que ofrezca su vida. 

 

La fecundidad no depende de la transmisión de un mensaje doctrinal, sino de dar la vida hasta el extremo, de amar. La infecundidad del grano expresa la falta de adhesión a la comunidad, por eso Jesús dice que si el grano no muere «queda él solo». El verdadero fruto son los hermanos, cada una de las personas que se adhieren a la comunidad, que pasan de la muerte a la verdadera vida. Después Jesús dice: «si alguno me sirve, que me siga», de manera que seguir a Jesús implica servir, dar la vida hasta el extremo por amor. El camino que propone Jesús es el del servicio total, sin restricciones, la donación total de sí mismo para dar fruto. Quien se decide a seguirlo entra en la dinámica del servicio, de la entrega de sí; desarrolla la capacidad de amar hasta llegar a que su amor sea como el de Jesús, hasta que la presencia del Padre sea toda en él. Por eso, la fecundidad de la comunidad será posible en el seguimiento de Cristo, estando donde Él está, viviendo en el don permanente de la entrega, del donarse continua y totalmente. 

 

Jesús pide al Padre que manifieste su gloria. La voz del cielo que se escucha: «Le he glorificado y de nuevo le glorificaré» confirma el respaldo de Dios a la actitud de Jesús, que ha de ser la actitud de la comunidad de seguidores: la entrega total. La manifestación de Dios es para todos, ya no solo para Jesús, sino para todo el pueblo. Al ser levantado Jesús se convertirá en el centro de atracción. Ser levantado en alto no significa simplemente morir, sino que también expresa la fuerza vivificante de la muerte de Jesús y la sentencia del “mundo”. El Cristo va ha ser levantado (Jn 12,32), atraerá a todos hacia Él para que brille la gloria de su amor. 

Esa actitud de entrega, de morir a si mismo para vivir, es uno de los rasgos característicos del seguimiento que se nos propone hoy. «Morir para vivir» resume la propuesta de Cristo para su comunidad de seguidores, propuesta respaldada por la voz del cielo que «le ha glorificado y de nuevo lo glorificará». Sigamos preparando nuestro corazón para el próximo Triduo Pascual y recordemos que la condición para que haya fecundidad en la misión es la de seguir a Cristo en la entrega hasta el límite, dando la vida por amor.

 

Fr. Jairo Gómez Díaz O.C.D.

 

Juan 3, 14-21

Foto: https://www.imagenzac.com.mx/nota/55295-La-sabidur%C3%ADa-de-la-Cruz-del-Se%C3%B1or-Jes%EF%BF%BD
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En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.» Palabra del Señor.

 

Reflexión

 

El evangelio (Jn 3,14-21) forma parte de la conclusión del diálogo de Jesús con Nicodemo. A través de varias repeticiones verbales, Juan presenta una y otra vez lo que constituye el núcleo de su evangelio, es decir, la fe en Jesús como único camino que lleva a la vida: “quien cree en Él tiene vida eterna” (v. 15); “dio a su Hijo único para que quien crea no perezca, sino tenga vida eterna”(v. 16); “el que cree en el Hijo no es juzgado, el que no cree ya está juzgado por no creer en el Hijo único de Dios” (v. 18). Para Juan, a cada hombre se le presentan dos opciones que determinan el destino de su existencia: creer o no creer en Jesús. Creer es adherirse personalmente a Jesús y a su proyecto de vida y de amor, en el plano personal y social, con todas sus consecuencias. El único pecado radical para Juan es la incredulidad, el rechazo de la palabra de Jesús, que es a su vez la raíz y el fundamento de todo pecado.

 

En el centro del texto se afirma además la iniciativa divina en el misterio de la salvación, haciendo referencia al amor de Dios hacia la humanidad:  “Tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que quien crea no perezca, sino que tenga vida eterna” (v. 16). El v. 16 indica la motivación del envío de Jesús: el amor de Dios por la humanidad; el v. 17 la finalidad del envío del Hijo único: “porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo sino para el mundo sea salvador por medio de él”. Dios está al origen de la salvación, en virtud de un amor infinito. En el corazón de todo, y en modo especial en la misión del Hijo y de su camino hacia la cruz, está Dios que ama al mundo. No se sugiere ninguna reciprocidad por parte del mundo. El amor de Dios lo precede todo y este Dios que ama tiene como designio exclusivo la salvación y la vida.

 

En el v. 18 se afirma: “El que cree en él no es juzgado; el que no cree, está ya juzgado, porque no creyó en el nombre del Hijo del hombre”. Para el evangelio de Juan, el “juicio” del hombre ante Dios depende totalmente de la respuesta de cada uno frente al Enviado de Dios. Para Juan, el juicio de condenación no está reservado para el final de los tiempos, sino que se realiza en el presente, a partir de nuestra respuesta a Jesús. Creer en el Hijo es creer en el amor revelado, por eso creer en él es “tener la vida”; en cambio, con la negativa a creer, cerrándose y rechazando el amor revelado, el hombre se autodetermina para la muerte (definitiva).

 

Los hebreos que eran mordidos de serpiente en el desierto se curaban, mirando a la serpiente de bronce que Moisés había izado en un estandarte delante del pueblo (Num 21,8-9). A diferencia de las otras intervenciones milagrosas de Yahvéh en favor del pueblo en el desierto -como el maná o el agua de la roca-, la que se narra en Num 21 exigía una condición por parte de los hebreos que querían vivir: tenían que fijar su mirada en el estandarte de la serpiente de bronce que sería para ellos fuente de vida. Aquel evento del desierto es imagen de Jesús, que será “levantado” en la cruz (Jn 8,28; 12,34): “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así ha de ser levantado el Hijo del Hombre” (Jn 3,14). La serpiente libraba de una muerte improvisa, Jesús levantado en la cruz da la vida eterna a quienes creen en él. El verbo “levantar, elevar” (griego: ypsoô) (Jn 8,28; 12,34), puede tener dos significados: levantar algo materialmente o, en sentido metafórico, exaltar, glorificar a alguien. El texto evangélico conserva ambos significados. En la cruz Jesús es levantado en alto como un condenado, pero en ese mismo momento es también exaltado, glorificado, dando la vida al mundo: “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32).

 

Quien cree en él no es juzgado, es decir, condenado. En cambio la incredulidad se cierra al don del amor de Dios manifestado en la cruz de Jesús, con lo cual queda juzgada y condenada (vv. 17-18). El juicio se abata sobre los hombres que prefieren las tinieblas a la luz.  (vv. 19-21). Mientras Dios ama al mundo, los hombres paradójicamente aman las tinieblas. Quienes obran mal huyen de la luz, buscan refugio para actuar impunemente y no ser vistos ni criticados. En cambio Jesús se presenta como “luz del mundo” (Jn 8,12), que revela la verdad del hombre y lo lleva a la plenitud, dándole la capacidad de obrar como Dios quiere. A diferencia del malvado, el hombre justo, “el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios” (Jn 3,21).

 

Monseñor Silvio José Baez 

 

San Juan 2,13-25

 

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.» Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.» Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?» Jesús contestó: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.»Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.

Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre. Palabra de Señor.

 

Relexión

 

El evangelio (Jn 3,14-21) forma parte de la conclusión del diálogo de Jesús con Nicodemo. A través de varias repeticiones verbales, Juan presenta una y otra vez lo que constituye el núcleo de su evangelio, es decir, la fe en Jesús como único camino que lleva a la vida: “quien cree en Él tiene vida eterna” (v. 15); “dio a su Hijo único para que quien crea no perezca, sino tenga vida eterna”(v. 16); “el que cree en el Hijo no es juzgado, el que no cree ya está juzgado por no creer en el Hijo único de Dios” (v. 18). Para Juan, a cada hombre se le presentan dos opciones que determinan el destino de su existencia: creer o no creer en Jesús. Creer es adherirse personalmente a Jesús y a su proyecto de vida y de amor, en el plano personal y social, con todas sus consecuencias. El único pecado radical para Juan es la incredulidad, el rechazo de la palabra de Jesús, que es a su vez la raíz y el fundamento de todo pecado.

 

En el centro del texto se afirma además la iniciativa divina en el misterio de la salvación, haciendo referencia al amor de Dios hacia la humanidad:  “Tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que quien crea no perezca, sino que tenga vida eterna” (v. 16). El v. 16 indica la motivación del envío de Jesús: el amor de Dios por la humanidad; el v. 17 la finalidad del envío del Hijo único: “porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo sino para el mundo sea salvador por medio de él”. Dios está al origen de la salvación, en virtud de un amor infinito. En el corazón de todo, y en modo especial en la misión del Hijo y de su camino hacia la cruz, está Dios que ama al mundo. No se sugiere ninguna reciprocidad por parte del mundo. El amor de Dios lo precede todo y este Dios que ama tiene como designio exclusivo la salvación y la vida.

 

En el v. 18 se afirma: “El que cree en él no es juzgado; el que no cree, está ya juzgado, porque no creyó en el nombre del Hijo del hombre”. Para el evangelio de Juan, el “juicio” del hombre ante Dios depende totalmente de la respuesta de cada uno frente al Enviado de Dios. Para Juan, el juicio de condenación no está reservado para el final de los tiempos, sino que se realiza en el presente, a partir de nuestra respuesta a Jesús. Creer en el Hijo es creer en el amor revelado, por eso creer en él es “tener la vida”; en cambio, con la negativa a creer, cerrándose y rechazando el amor revelado, el hombre se autodetermina para la muerte (definitiva).

 

Los hebreos que eran mordidos de serpiente en el desierto se curaban, mirando a la serpiente de bronce que Moisés había izado en un estandarte delante del pueblo (Num 21,8-9). A diferencia de las otras intervenciones milagrosas de Yahvéh en favor del pueblo en el desierto -como el maná o el agua de la roca-, la que se narra en Num 21 exigía una condición por parte de los hebreos qu querían vivir: tenían que fijar su mirada en el estandarte de la serpiente de bronce que sería para ellos fuente de vida. Aquel evento del desierto es imagen de Jesús, que será “levantado” en la cruz (Jn 8,28; 12,34): “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así ha de ser levantado el Hijo del Hombre” (Jn 3,14). La serpiente libraba de una muerte improvisa, Jesús levantado en la cruz da la vida eterna a quienes creen en él. El verbo “levantar, elevar” (griego: ypsoô) (Jn 8,28; 12,34), puede tener dos significados: levantar algo materialmente o, en sentido metafórico, exaltar, glorificar a alguien. El texto evangélico conserva ambos significados. En la cruz Jesús es levantado en alto como un condenado, pero en ese mismo momento es también exaltado, glorificado, dando la vida al mundo: “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32).

 

Quien cree en él no es juzgado, es decir, condenado. En cambio la incredulidad se cierra al don del amor de Dios manifestado en la cruz de Jesús, con lo cual queda juzgada y condenada (vv. 17-18). El juicio se abata sobre los hombres que prefieren las tinieblas a la luz.  (vv. 19-21). Mientras Dios ama al mundo, los hombres paradójicamente aman las tinieblas. Quienes obran mal huyen de la luz, buscan refugio para actuar impunemente y no ser vistos ni criticados. En cambio Jesús se presenta como “luz del mundo” (Jn 8,12), que revela la verdad del hombre y lo lleva a la plenitud, dándole la capacidad de obrar como Dios quiere. A diferencia del malvado, el hombre justo, “el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios” (Jn 3,21).

 

Monseñor Silvio José Baez 

 

Marcos 9, 2-10

Foto: http://www.patheos.com/blogs/filmchat/2013/03/could-moses-have-a-cameo-in-the-next-bible-episode.html
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En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»Estaban asustados, y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube: «Este es mi Hijo amado; escuchadlo.»De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».Palabra de Señor.

 

Reflexión: saber escuchar a Dios en la vida

 

En este segundo domingo de Cuaresma, tenemos el famoso texto de la Transfiguración del Señor. Texto lleno de una riqueza y de una profundidad para la vida Cristiana. La gran frase de esta semana es “Éste es mi Hijo muy querido. Escúchenlo”, y en este tiempo nos enseña que “escucharle” es seguir el camino de la cruz, y esta cruz no es signo de éxito ni de grandezas, sino aprender de verdad a vivir la vida con los altos y bajo que cada día tenemos, a no ser hombres y mujeres pasivos en una Iglesia que necesita cada día estar renovando en su interior y en exterior muchas de las cosas que apartan y dejan a otros fuera del lugar que Dios mismos les ha dado en su Hijo muy querido.

 

El ser cristiano no es simplemente creer en una persona, sino mirar en lo interior de cada uno cual es mi relación con Jesús, y a Él saberle escuchar en todos los momentos para vivir una fe más consciente y comprometida con el mismo Jesús y con todos.  El papa Francisco decía respecto a este pasaje los siguiente: “Jesús es el Hijo hecho Siervo, enviado al mundo para realizar a través de la Cruz el proyecto de la salvación. “¡Para salvarnos a todos nosotros!”. Su plena adhesión a la voluntad del Padre hace su humanidad transparente a la gloria de Dios, que es el Amor. De ahí que la premisa para los discípulos y para nosotros sea ésta: «Escúchenlo». Escuchar a Jesús. Él es el Salvador: seguirlo.

 

Escuchar a Cristo comporta asumir la lógica de su misterio pascual, poniéndonos en camino con Él para hacer de nuestra propia existencia un don de amor a los demás, en obediencia dócil a la voluntad de Dios Padre, con una actitud de desprendimiento de las cosas mundanas, y de libertad interior. En otras palabras, resumió el Papa Francisco, comporta el estar listos a perder la propia vida (cfr. Mc 8, 35), donándola, para que se realice el plano divino de redención de todos los hombres.

 

Subamos también nosotros al monte, exhortó el Sucesor de Pedro, como Pedro, Santiago y  Juan, ydetengámonos a contemplar el rostro de Jesús, para recoger el mensaje y traerlo a nuestra vida, así que nosotros también podamos ser transfigurados por el Amor. (Ángelus del 1-03-2015). Esta misión concierne a toda la Iglesia y es responsabilidad en primer lugar de los Pastores – obispos y sacerdotes – llamados a sumergirse en medio de las necesidades del Pueblo de Dios, acercándose con afecto y ternura, especialmente a los más débiles y pequeños, a los últimos. (16-04-2014)

 

En consecuencia el aprender a “Escuchar” se reduce a aprender a AMAR de la manara que Jesús ama, y no tener clasificaciones que en la actualidad nos hacemos y solo se ama a los que están a mi favor, los demás se les trata pero no como correspondería a un verdadero cristiano. Por ello la misión más urgente que la Iglesia tiene, y no una iglesia que sea jerárquica, sino la de la base, es que debemos despertarnos al gusto de creer, para despertar el gusto de vivir lo bueno y lo verdadero que es lo que Jesús nos pide. Por ello en debemos de tener una respuesta cada día más clara frente a la invitación de Jesús y decir como Abrahán “Aquí me tiene” o como lo dice san Pablo “Dios es el que absuelve. ¿Quién se atreverá a condenar? Si Cristo murió, más aún, resucitó, y está a la derecha de Dios, e intercede por nosotros, ¿Quién nos podrá separarnos del amor de Cristo” ( Rm. 8, 34-35).

 

Hermanos y hermanas, lo esencial de la vida cristiana es el camino de la Cruz, pero un camino que se realiza a la luz del AMOR, si esta no está vinculada en su totalidad entre sí, podemos decir que vivimos la mediocridad de la esencia cristiana y de la enseñanza de Jesús, en Tabor, que lo único que demuestra es que la Ley y la Profecía, solo pueden ser claras cuando dejamos que nuestra vida este llena de la Luz del Espíritu que es el AMOR del Padre en su Hijo querido.

 

Que este Espíritu los colme de toda su bendición en esta semana y los llene de su Paz y de su Gozo. Que la Madre del cielo sea el modelo a vivir la plenitud del amor de su Hijo al pie de la Cruz.

 

Su hermano y amigo en el Carmelo Teresiano.

Fray Jairo Enrique del Espíritu Santo, O.C.D.

 

Palmira, 23 de febrero de 2018

 

Marcos 1, 12-25

Foto: http://www.ccelp.bo/
Foto: http://www.ccelp.bo/

En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.” Palabra de Señor.

 

Reflexión

 

 

¿Nos dejamos conducir por el Espíritu Santo en medio del desierto de la vida?

 

 

¡Otra vez Cuaresma! Sí, el tiempo vuela y así, nuestra vida. De nuevo, camino hacia la Pascua de Jesús. Convocados a una experiencia que requiere toda la atención para que llegue a ser amorosa y enriquecedora en la situación concreta que está viviendo cada uno.

 

Nuestra vida, con los afanes diarios, con sus alegrías, proyectos, con sus preocupaciones y achaques, es el lugar en donde Dios actúa, convirtiéndola en “Historia de salvación”. Él siempre acontece en lo concreto y ordinario de la cotidianidad personal y comunitaria. Con Él nos podemos encontrar en cada instante y cada acontecimiento es a la vez una oportunidad en la que podemos escuchar su Palabra y recibir su abrazo.

 

Cuaresma es un tiempo de bendición. Y bendición quiere decir en definitiva que Dios está dispuesto a favorecerme en medio de mis días y mi vida, cuando la vivo de su mano, adquiere otro tono, otro ritmo, un nuevo vigor, una luz que todo lo llena y en donde siento que no estoy solo y puedo estar confiado y pase lo que pase todo irá bien, esto es, todo será objeto de una bendición, de un hondo sentido.

 

 Cuaresma, para hacer un “alto en el camino” y retomar fuerzas y encauzar nuestros pasos por el camino seguro que me ofrece Jesús. Cuaresma, para renovar la fe y encontrarme “cara  cara” con “quien sabemos nos ama” y entablar una relación más sólida con Jesús que se me ofrece todo. Relación que exige una toma de conciencia humilde, en donde el perdón por la infidelidad a la “cita del amor” ha sido mi pecado, ya que no he sabido determinarme con mayor pasión a la invitación recibida y que busca en mí una respuesta más entusiasta y veraz. Relación de amistad con Jesús, para recibirlo en mis días y para ser recibido, en todo lo que soy, en su corazón traspasado de amor.

 

Cuaresma, para tener el coraje de exponerme sin disculpas ante su Misterio adorable, que tiene como signo especifico la Cruz, esto es, la expresión total de su Palabra, de sus pasos, de su mirada, de su vida donada por mí. Cruz habitada por Él, en donde puedo hacer memoria de que no hay nada que Él no pueda perdonar en mí, y en donde vuelvo a recordar que nada ni nadie es más grande que su fidelidad.  No estoy abandonado y ante Él, nunca estaré desahuciado. Tiempo favorable para celebrar con una confianza infinita el Sacramento de la Reconciliación.

 

La Cuaresma la iniciamos profesando nuestra fe en el Señor que es bueno, que tiene misericordia por nosotros, que nos perdona y conduce nuestra vida hacia la Pascua, en donde pasamos de toda forma de muerte a una vida nueva y posible cuando tú y yo nos dejamos tomar de su mano y así dejar arder nuestro corazón de alegría y gratitud.

 

El Evangelio de este primer domingo de Cuaresma nos entrega un texto de una escueta pedagogía y que remite a los cuarenta años del pueblo de Israel, camino de la tierra prometida, alimentado por el maná. Cuarenta días, cuarenta años, toda una vida. Jesús es tentado durante toda su vida y también durante toda su vida es alimentado por “los ángeles”. Como nosotros, va haciendo camino entre la prueba, a la que no sucumbe, y el alimento “celestial”, que no deja nunca y que lo sostiene. Fijémonos en las primeras palabras: “El Espíritu empujó a Jesús”. Jesús es nuestro camino y guía y esta Cuaresma y como la vida entera son un desierto, una travesía, una aventura. Nosotros  somos probados constantemente por la existencia misma, pero tenemos a disposición el alimento “celestial”, su Palabra, su Espíritu, que nos conforta y da discernimiento. ¿Nos dejamos conducir por el Espíritu Santo en medio del desierto de la vida?

 

Este domingo oremos con las palabras de la postcomunión: “Después de recibir el pan del cielo… te rogamos, Dios nuestro, que nos hagas sentir hambre de Cristo, pan vivo y verdadero, y nos enseñes a vivir constantemente de toda palabra que sale de tu boca”. 

 

P. Mauricio Uribe. OCD.

 

 

Marcos 1, 40-45

Foto:  http://razonesparacreer.com
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Noticias OCDS Bucaramanga

Imposición de Escapularios (cinta blanca) a la Comunidad OCDS "Madre y Reina del Carmelo"

El pasado 25 de enero en ceremonia solemne presidida por el Padre Provincial, Fray Miguel Ángel Díaz Granados y acompañados por las Madres OCD del Monasterio de Florida Blanca, recibieron el Escapulario nueve parejas de esposos y dos personas más, de la Comunidad OCDS "Madre y Reina del Carmelo", de Bucaramanga. Un abrazo de felicitación para ellos!