Cartas 2020 Fray Carlos Alberto Ospina

CARTA 3 - Mayo 20

Lectura del santo evangelio según san Juan (14,15-21): en la última cena, dijo Jesús a sus discípulos: “Si me aman, guardarán mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que les dé otro defensor, que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, lo conocen, porque vive con ustedes y está en ustedes. No los dejaré huérfanos, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero ustedes me verán y vivirán, porque yo sigo viviendo. Entonces sabrán que yo estoy con mi Padre, y ustedes conmigo y yo con ustedes. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.”

 

Controversias que edifican

 

Desde pequeños todos hemos asistido o participado en controversias. Es algo permanente, constante en el diálogo relacional que mantenemos los seres humanos. Los evangelistas también nos refieren, por un lado, las controversias de Jesús con miembros de su familia pues ellos decían que estaba fuera de sí; por otro, con las autoridades religiosas inquietas por su doctrina y por autoproclamarse Hijo de Dios; además con los maestros acerca de las interpretaciones y actualizaciones de la Ley, con los fariseos por la trasgresión de normas para ellos sagradas, con muchos que no comprendían el sentido de sus curaciones, exorcismos y solidaridad con los excluidos y, como si fuera poco, con sus propios discípulos ante la imposibilidad de concebir un mesías sufriente.

 

El presente texto del evangelista Juan nos habla de Jesús en la última cena; también en ese momento cargado de gran intensidad, se suscitaron posturas diversas, entre ellas, Pedro diciéndole al Maestro que no le permitiría dejarse lavar los pies, y la respuesta contundente de este: entonces nada tienes que ver conmigo; la revelación de la traición y la pregunta de los discípulos: ¿seré yo Señor? (Jn 13), como si investigaran con ansiedad y estupor ¿quién está abandonando tan rastreramente nuestra comunidad? El problema no son las controversias, porque si nos edifican en la verdad son de Dios. Escuchar al otro, compartir mi palabra, reconocer que no existen verdades humanas absolutas, atender los argumentos de los demás; en fin, en una búsqueda común y humilde el Señor está presente aun en las posturas diversas, pero edificantes. En la íntima conversación referida por el evangelista Juan, Jesús les dice: Yo ya no estaré más con ustedes, pero les daré un Acompañante, un Defensor, un Paráclito (aquel que está a mi lado ayudándome), el Espíritu de la Verdad (Jn 14). No se refiere a una verdad científica o académica, es el Espíritu que posibilita que la verdad de Dios se dé a conocer en nuestra existencia y que yo acepte la verdad que Dios quiere comunicarme a través de la existencia del otro. 

 

El Espíritu de la Verdad era para Jesús principio relacional, de comunicación y de vida. El Maestro no maldecía a quienes pensaban diferente ni se comportaba de forma violenta frente a sus adversarios. Él actuaba de acuerdo con ese Espíritu de la Verdad que era el amor del Padre Dios en lo profundo de su ser. En estos días de la cuarentena hemos experimentado entre quienes compartimos el mismo espacio físico, la dificultad de ponernos de acuerdo: la vida familiar, las situaciones económicas, la incertidumbre ante el futuro laboral, las seguridades de diferente índole tambaleantes en este momento. Como creyentes somos acompañados por el Espíritu de Jesucristo para edificarnos en la verdad.

 

Deberíamos aprovechar la oportunidad actual para la construcción de relaciones nuevas, de cristianos no teóricos sino arraigados en el Evangelio. Dejemos de buscar alegatos sobre aquello que no podemos resolver, estamos peleando entre nosotros sobre dónde y cómo se inició la pandemia, sobre las decisiones del gobierno para enfrentar la crisis, sobre la mejor manera de combatir el virus. Busquemos más bien espacios para darle a conocer a mis cercanos lo que se me dificulta en la relación diaria, pero escuchando y compartiendo en el Amor de Dios, porque si hablamos y escuchamos con amor, entonces algo nuevo surgirá. A nuestros niños y jóvenes hablémosles y escuchémoslos con amor, igualmente a nuestros mayores, vecinos, compañeros del teletrabajo. Jesús nos garantiza ser nuestro mediador, y de la misma manera que el Padre está en mí, yo permanezco en ustedes (Jn 14), por lo tanto, no tengan miedo. Con el Maestro todo nos servirá para la edificación en el bien.

 

Complementaria a la lectura del texto del Evangelio, somos invitados a orar con la Primera Carta de Pedro en el capítulo tercero. A los primeros cristianos los están acusando infamemente: locos, ignorantes, seguidores de una fantasía llamada Jesús de Nazareth al que mataron de la peor manera, y ahora dicen que ha resucitado y en el colmo de la estupidez se reúnen para comer su cuerpo y beber su sangre; subversivos y soñadores de un mundo dirigido por el amor humano donde todos sean iguales en dignidad y respeto. Y el Apóstol Pedro, inundado por el Espíritu de Jesús, por el Espíritu de la verdad, les escribe a sus hermanos, a nosotros:

 

Muestren con la santidad y el amor del corazón que Cristo es su Señor, y estén siempre listos a dar razón de su fe y esperanza a todo el que les pida una explicación. Pero con humildad y respeto, como quien tiene limpia la conciencia. (1P 3,15-18). Así como Cristo lo hizo, que habló y obró por el Amor (esa es la santidad), así también nosotros respondamos, dialoguemos, debatamos, controvertamos con una conciencia buscadora del bien de todos. No se necesita un manual de convivencia para estos tiempos, necesitamos es dejar fluir en nosotros y entre nosotros el Espíritu de la Verdad. Que el Amor de Jesús nos mantenga unidos y nos permita enriquecer la vida por la fortuna de la diversidad humana.

 

Carlos Alberto Ospina

 

 

CARTA 3 - Mayo 4

Lectura del santo evangelio según san Juan (14,1-12): en la última cena, dijo Jesús a sus discípulos: “No se inquiete su corazón, crean en Dios y crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, ¿les habría dicho que voy a prepararles sitio? Cuando vaya y les haya preparado sitio, volveré y los llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estén también ustedes. Y adonde yo voy, ya saben el camino.” Tomás le dice: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” Jesús le responde: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocen a mí, conocerán también a mi Padre. Ahora ya lo conocen y lo han visto.” Felipe le dice: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta.” Jesús le replica: “Hace tanto que estoy con ustedes, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo les digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace sus obras. Créanme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, crean a las obras. Les aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre.

 

No más excusas

 

Estos versículos pertenecen a los llamados discursos de despedida de Jesús (capítulos 14-17) que el evangelista Juan ubica en el contexto de la última cena. En la intimidad de aquella comida y siguiendo una antigua tradición de personajes bíblicos, Jesús se despide y deja como herencia un testamento espiritual pronunciado con palabras intensas, agudas por el momento en que se pronuncian, por quien las pronuncia y por su mismo significado.

 

¿Por qué la inquietud de los discípulos? El Maestro se está despidiendo definitivamente, la situación es compleja y el futuro incierto. Aquellos hombres que lo acompañan tienen expectativas diversas frente al mesianismo de Jesús, y sus esperanzas no están siendo concordes con las circunstancias de arribo a Jerusalén. Durante el largo camino desde Galilea a Judea han sido testigos del cumplimiento de algunos signos del Mesías-Salvador: curaciones, poder sobre las fuerzas de la naturaleza, exorcismos, resurrecciones, multiplicación del pan, sabiduría sublime. ¿Cómo no pensar que este hombre tiene también el poder de devolverle a Israel la autonomía político-militar derrotando a los romanos? Pero Jesús habla es del poder del amor y del servicio. El Reino de Dios se implantará de forma insospechada. Y ahora dice que regresará al Padre.

 

La inquietud de los discípulos tiene fundamento, quedarán solos y sin ver el cumplimiento pleno de lo que estaban esperando. ¿Y la fe? Crean en Dios, creyendo en mí. Mi palabra, dice el Maestro, es verdad, ustedes lo han visto. En Jesús, palabras y acciones expresan su adhesión al Padre, Él pronuncia lo que el Padre le inspira y realiza las obras de Dios. Crean en mi: Yo soy el camino porque soy verdad y vida. En Él, camino, verdad y vida son distinguibles, pero no separables; y esta certeza puede romper la inquietud de los discípulos y sostenerlos en la prueba. Llevan años caminando con Jesús viendo la verdad de su vida. Por tanto, Él es el camino porque es la verdad y la vida; todos los otros proyectos pueden ser camino, pero no conducen a la verdad ni dan vida.

 

Tanto tiempo hemos esperado para verte desplegar tu poder desde Jerusalén y recuperar así la hegemonía de que hablan las antiguas historias, y nosotros desde niños las hemos escuchado. Estamos tan cerca Jesús, ahora todo cambia, ya no estás y nos toca enfrentar la pandemia, la violencia intrafamiliar, la corrupción y el miedo. Solo una cosa te pedimos, muéstranos al Padre, dinos dónde lo encontramos y tal vez de esa manera no experimentaremos la soledad y la muerte. Tú lo has dicho: Quien me ve ha visto al Padre… pero ahora no te veremos más.

 

El mensaje del Maestro es contundente, rompe los obstáculos interiores. Hagan ustedes que Dios siga en el mundo, permitan ser instrumentos de su mensaje, sigan el camino en la verdad que da vida. Así como yo, afirma Jesús, realicen la obra del Padre. El que cree en mí hará las obras que yo hago y aún mayores.

 

Son expertos los seres humanos en las excusas: soy joven o viejo, pobre o rico, hombre o mujer, sabio o ignorante, trabajador o desempleado… no me corresponde, eso es cuestión de otros. Y ahora Jesús me dice que puedo, que fui creado para ello, ahora el Señor despedaza todas mis excusas y recuerda mi capacidad para lo divinamente humano. Si la mayor obra es obrar por amor, aceptemos el desafío de Jesús. Que nuestras obras diarias sean expresión del Amor que nos ha salvado de la muerte, del miedo y del egoísmo. Donde Él está, estaremos también nosotros.

 

Carlos A. Ospina

 

CARTA 2 - Mayo 24

Lectura del santo evangelio según san Juan (10,1-10): en cierta ocasión dijo Jesús a los fariseos: les aseguro: el que no entra por la puerta al corral de las ovejas, sino saltando por otra parte, es un ladrón y asaltante. El que entra por la puerta es el pastor del rebaño. El cuidador le abre, las ovejas oyen su voz, él llama a las suyas por su nombre y las saca. Cuando ha sacado a todas las suyas, camina delante de ellas y ellas le siguen; porque reconocen su voz. A un extraño no le siguen, sino que escapan de él, porque no reconocen la voz de los extraños. Esta es la parábola que Jesús les propuso, pero ellos no entendieron a qué se refería. Entonces, les habló otra vez: les aseguro que yo soy la puerta del rebaño. Todos los que vinieron antes de mí eran ladrones y asaltantes; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entra por mí se salvará; podrá entrar y salir y encontrar pastos. El ladrón no viene más que a robar, matar y destrozar. Yo vine para que tengan vida, y la tengan en abundancia.

 

El Pastor Bueno me conoce… y ¿yo a Él?

 

Todo ser humano tiene alma de artista porque creados por el Artista de los artistas, llevamos su esencia en nosotros. Llevar el arte a la consumación o ejercitarnos debidamente, es una tarea. Jesús, el Maestro, tomaba las palabras y las llenaba de sentido simbólico, enriquecía y embellecía el lenguaje. Su verdadera maestría como artista de la palabra se expresaba cuando, a través de ella, era capaz de entrar en el corazón del otro, para que se diera cuenta de su verdadera identidad. Y cada corazón, tocado por el Artista, era el inicio de una vida nueva, de una historia nueva, destello fascinante del Reino de Dios.

 

Un día caminando, conversando, disputando con sus contradictores, les dijo que había un Pastor, no como ellos lo conocían, sino un Pastor bueno, bello, hermoso, medicinal, sanador, un Pastor que era alimento de vida, fuente de eternidad. Los pastores tenían como tarea conducir su rebaño, llevarlos a pastos abundantes, a fuentes de agua, cuidar las ovejas, guiarlas al corral, pero ninguno tenía la capacidad de darles vida y vida en abundancia. 

 

Sorprende cómo Jesús es capaz de juntar lo impensable, es Pastor Bueno y puerta de entrada. La imaginación no permite unir estos elementos ni mucho menos personalizarlos. Solo un artista lo puede hacer creíble, juntar palabras y hacerlas vida. Contemplo con reverencia a Jesús, acepto su mensaje y me doy cuenta de que Él es el Pastor Bueno y es puerta de entrada al Reino del Amor, de vida en abundancia.

 

Para Jesús, entrar por Él, atravesar su puerta, genera confianza porque conoce a las ovejas, las llama por su nombre y da la vida por ellas. Mi vida le pertenece, de forma consciente se la entrego, libremente opto por su rebaño. Nadie puede conocerme mejor que Él, nadie puede ayudar a conocerme como lo hace Él, nadie ha pronunciado con autoridad y dulzura mi nombre como Él, solo Jesús es vida en abundancia.

 

Y ahora tengo la tarea, las palabras que acabo de escribir o leer ¿tienen significado para mí? Soy artista cuando encarno como Jesús la parábola del Pastor Bueno, así lo realizó Él. En un instante la parábola tomó vida en el Maestro y la obra de arte no era el conjunto de vocablos que salían de su boca, sino Él mismo. Dicen que el artista se convierte en su obra y la obra en el artista. Jesús es el Pastor Bueno.

 

También yo lo puedo realizar, juntar lo impensable y dejar que el Amor sea el impulsador de mis pensamientos, palabras y acciones. Abro la puerta y dejo entrar a quien desee contemplar en mí el Reino de Dios. Me habita Jesús y con Él puedo conocer a aquellos con los que vivo y trabajo, pronunciar con respeto sus nombres y comprometerme a darles vida… y en un acto asombroso que solo el Artista divino logra, también permito que ellos, mis compañeros de rebaño, me den vida, me cuiden y me amen.

 

El Señor es mi pastor, nada me falta;

en verdes praderas me hace recostar;

me conduce hacia fuentes tranquilas

y repara mis fuerzas. (Sal 22).

 

 

 

Carlos Alberto Ospina

 

CARTA 1 - Abril 26

Lectura del santo evangelio según san Lucas (24,13-35): dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: “¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?” Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: “¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?” Él les pregunto: “¿Qué?” Ellos le contestaron: “Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.”

 

Entonces Jesús les dijo: “¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?” Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.

 

Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.” Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?” Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: “Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.” Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

 

Quédate con nosotros para quedarnos con los hermanos

 

El conocido relato “Los discípulos de Emaús” es propio de Lucas. Algo maravilloso ha acontecido, y nuestro evangelista se toma el tiempo necesario para transmitirlo. Construye una obra teatral (Lucas es un artista refinado y sabe de sobra que la experiencia de Dios, hecha vida, solo puede ser expresada con la ayuda del lenguaje inefable del arte para dar cuenta de lo humano y de lo divino, de lo inmanente y de lo trascendente, del misterioso intercambio del amor de Dios entre los hombres), con tiempos, espacios, actores, diálogos, silencios, movimientos, exquisitamente elegidos y distribuidos: El encuentro; la conversación por el camino; la cena en Emaús; el regreso a Jerusalén.

 

Todo inicia el primer día de la semana, el día de la resurrección, el día primero de la nueva creación, del nuevo pueblo, de la comunidad, de la Iglesia. Dos discípulos están abandonando Jerusalén para regresar a su aldea y Jesús se une a ellos, pero no es reconocido; tratan de evadir la muerte del Maestro, sin embargo, Él no los había abandonado. Con todo, se inicia un diálogo de preguntas y contrapreguntas, de respuestas y clarificaciones a la luz de la Palabra, de la historia de Dios en medio de Israel. Mientras el diálogo avanza, el camino está por concluir con la llegada a Emaús, pero aquello que parece finalizar posibilita un nuevo inicio, el camino donde se han compartido palabras, motiva a compartir el pan bajo un mismo techo. El relato cambia ahora de ambiente, se hace más cálido en la posada de Emaús, en la fracción del pan, pues por sentido común el ofrecimiento de hospitalidad entraña en sí mismo comer juntos, compartir el hogar implica compartir el alimento.

 

La trama se ha desarrollado dentro de la lógica de los seres humanos. Todos hemos caminado en medio de un acontecimiento triste, hemos encontrado desconocidos que nos sorprenden, hemos invitado personas a compartir un trozo de pan… Pero en la historia de Emaús algo sorprendente ocurre cuando el invitado asume la postura de anfitrión, parte el pan y lo reparte. En ese gesto el desconocido adquiere identidad nueva, y al mismo tiempo desaparece. Entonces los dos compañeros de viaje comprendieron quién era aquel peregrino, sus ojos se llenaron de luz y su miedo se convirtió en valentía para regresar a Jerusalén y reunirse con los demás discípulos, quienes por su parte habían experimentado la misma verdad: “¡El Señor ha resucitado!”

 

Las palabras finales del relato alcanzan una relevancia absoluta como conclusión, resumen y testimonio pascual: “Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían reconocido al partir el pan”. No importa que ya se sepa, el encuentro con el Resucitado debe ser contado una y otra vez, es imposible callarlo, pues en cada persona se manifiesta de manera absolutamente nueva, ya sea el primer día o después de dos mil años.

 

La situación inédita que estamos afrontando nos debe llevar, como personas pertenecientes a una comunidad eclesial, a hacer una lectura confiada y esperanzadora de la Escritura. Lectura dirigida a iluminar el camino, esclarecer la forma de actuar y proponer formas concretas de cambio, es decir de transformación de los modelos causantes del egoísmo, de la falta de solidaridad y de compromiso. A romper con el pulular de ritos vacíos dirigidos simplemente al cumplimiento de la ley, a “tener mi conciencia tranquila” pues hago lo estipulado, obedezco a un código, pero no permito que la invitación a anunciar la resurrección, hecha por el Maestro en cada Eucaristía, me toque y me transforme.

 

Ahora que un enemigo-amigo casi invisible nos tiene confinados en nuestras casas, es necesario que aprovechemos el momento, que no dejemos pasar esta oportunidad y allí con los que estamos viviendo digamos desde lo profundo de nuestro corazón: “quédate con nosotros Señor, siéntate a la mesa y ayúdanos a permanecer unidos en tu Amor que nos alimenta y sostiene”.

 

Carlos A. Ospina A.

Palabras de posesión

"No hagamos torres sin fundamento"

Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: “No solo ruego por ellos, sino también por los que han de creer en mí por medio de sus palabras. Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti; que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. Yo les di la gloria que tú me diste para que sean uno como lo somos nosotros. Yo en ellos y tú en mí, para que sean plenamente uno; para que el mundo conozca que tú me enviaste y los amaste como me amaste a mí. Padre, quiero que los que me confiaste estén conmigo, donde yo estoy; para que contemplen mi gloria; la que me diste, porque me amaste antes de la creación del mundo.” (Jn 17,1.20-24).

 

Me consuela leer este trozo del Evangelio, me sosiega meditar con él, me reconforta repetir estas palabras. Un día Jesús oró por mí, lo creo no de forma romántica, lo creo desde las entrañas de mi ser. Mi vida estuvo en la oración de Jesús y, por tanto, aquello que hoy con responsabilidad asumo tiene la certeza de ser sostenido con la fuerza del Amor del Maestro, del Señor.

 

La presencia de Jesús nunca ha sido extraña en mi vida, aprendí a amarlo en mi familia, tal vez su imagen no era clara, pero el amor de mis seres queridos me impedía poner en entredicho ese Amor dador de vida, ese Amor de familia. Y fue en medio de esta otra familia grande, la del Carmelo, la de mi Provincia donde descubrí que Aquel que adoraba desde niño hizo posible que lo conociera en rostros concretos y definiera su contorno en el ser humano intuyendo la grandeza de nuestra interioridad. En mi familia religiosa se me ha dado el regalo de creer en comunidad.

 

En medio de seres humanos grandiosamente frágiles, mis hermanos, sigo creyendo en Jesucristo. Creo porque a pesar de ser quien soy creen en mi desde cuando atravesé los umbrales del templo parroquial de Sonsón. Creo por el testimonio mis formadores y compañeros de formación, creo por el respeto de mis superiores mayores, creo porque en la diversidad de edades, procedencias y servicios me han posibilitado ser uno con ellos en el carisma del carmelo descalzo, creo con la iglesia de comunión, con la iglesia incluyente, con la iglesia Buena Noticia, con la iglesia presente en cada casa de carmelitas y en cada corazón de los hermanos de profesión y de los hermanos por el bautismo.

 

Es esta la gloria del Padre de Jesús, que sus hijos creamos por convicción y que dicha fe refleje en el mundo la presencia de su Hijo Resucitado. Es la gloria que como carmelita quisiera difundir, pregonar con certeza el Evangelio y seguir creyendo en la bondad del ser humano.

 

Jesús subió a la montaña, fue llamando a los que él quiso y se fueron con él. Nombró a doce a quienes llamó apóstoles para que convivieran con él y para enviarlos a predicar con poder para expulsar demonios. (Mc 3,13-15).

 

Y estoy reunido con ustedes porque Él lo quiere, lo quiere para llenarnos de su bondad, lo quiere para sanarnos de todo aquello que nos divide interior y exteriormente, lo quiere como expresión de su misericordia. Solo nos pide un acto de conciencia y es permanecer a su lado, no del lado de un Jesús disfrazado de dogmatismos y leyes, sino de quien como Señor señorea la vida de los hijos del Padre para hacerlos comprender su dignidad, impulsándolos a vivir consecuentemente.

 

Reconozco mis límites humanos, por lo tanto, le pido al Señor su acción amorosa para vivir a su lado viviendo al lado de mis hermanos. Un día santa Teresa se echó a los pies del Señor y le dijo que no se levantaría hasta que Él hiciese su obra en ella (cfr. V. 9,3). Yo me aferro al Jesús vivo en mis hermanos de la Provincia y la Delegación, a ustedes necesito estar unidos para que juntos busquemos hacer vida el Evangelio.

 

Seguramente no podré cumplir con todo lo que me pidan, algunos hasta quedarán decepcionados de mi ministerio como Superior Provincial, pero tengan la certeza que me esforzaré en acrecentar el amor. No haré torres sin fundamento, es decir ningún proyecto podrá estar dirigido sin el amor de Dios. Pido su ayuda, paciencia y colaboración; pido de cada uno de ustedes su palabra en la verdad; pido que me ayuden para el bien y me cuiden del mal; pido que con todos los frailes, monjas y laicos le permitamos al Señor ser construidos como carmelitas buscando edificar como iglesia el mandamiento del Amor.

 

Me acompañan tantos sentimientos, me asombra saberme frente a un camino nuevo, me da seguridad saber que muchos superiores antes que yo se dejaron conducir por el Señor y llegaron a cumplir su voluntad. No estoy solo, los tengo a ustedes, están presentes todos aquellos carmelitas que viven resucitados en el corazón de Dios, puedo experimentar la comunión con los santos de mi familia religiosa. Cuando se inicia un camino ya recorrido por otros y cuando dicho camino se recorrerá con hermanos, se deben dar los pasos con fe, esperanza y amor.

 

En fin, hermanas mías, con lo que concluyo es, que no hagamos torres sin fundamento, que el Señor no mira tanto la grandeza de las obras como el amor con que se hacen; y como hagamos lo que pudiéremos, hará Su Majestad que vayamos pudiendo cada día más y más. (7M 4,15).

 

 Fray Carlos Alberto Ospina Arenas de Jesús

Villa de Leyva, enero 15 de 2020